Cafetería y exposición
Comemos en un restaurante popular tipo self-service. Nos cuesta unos 6 € por dos platos combinados, un postre y una botella de agua. Es un local en el centro de Budapest y la hora de la comida, hay alguna persona sola, alguna familia…. Vamos a tomar café a una cafetería donde ella iba de estudiante: estilo clásico centroeuropeo, un poco viejo ya. Gente mayor y joven, dos mujeres con dos hijitos. Charlan animadamente pero en una especie de semi-silencio plácido. Tartas de buena calidad y café. Pedidos dos, yo una de cereza y ella de manzana, dos cafés y dos zumos de manzana: precio total 6 € más. Paseo por la orilla del Danubio viendo la gracia de la ciudad central. Entramos en un hotel modernista que se puede visitar. Renovado desde hace poco y hecho para los diplomáticos, es demasiado puro y nuevo para mi gusto. Lo encuentro un poco débil. Caen cuatro gotas. La ciudad me da un gusto apacible e incluso con el tráfico intenso que tiene. Camina gente trabajadora disciplinada, y educada. Matamos el tiempo hasta que llega la hora de ir a la inauguración de un amigo escultor que expone obra. El ambiente, con gente de todo tipo, quiere eso decir, joven y mayor, elegante y menos, se adapta a lo mismo que se haría en casa nuestra. Tal vez aquí hay un ambiente un poco más pobre como en casi todo: sobre una pequeña mesa cuatro botellas y dos pastas de las que cada cual coge lo que quiere. Hay un discurso de un crítico que, obviamente y lamentablemente, no entiendo. Éva me presenta a sus amigos, hermanos, él escultor y ella pintora y que la semana que viene también expondrá. Éva mantiene un charla con ella porque sabe que tiene un problema de salud y procura ayudarla. Pero volvemos a casa antes que nadie porque Éva está muy cansada y hemos de hacer un recorrido de una buena media hora con el autobús hasta llegar a Budaörs. Autobuses pobres y desvencijados pero que realizan un muy buen servicio.
