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Dos traductores ¿para qué?

Mária Szijj


Al hojear obras literarias traducidas de lenguas de escasa difusión, muchas veces vemos el nombre de dos traductores. Uno de ellos impronunciable. (Véase más arriba.) ¿Para qué se necesitan dos? Parece todo un lujo. Con uno basta, al fin y al cabo lo único que tiene que hacer es comprender el texto y traducirlo.

Si se busca a traductores de inglés, alemán o francés, la oferta es bien amplia. Hay donde escoger. Son muchos los que dominan estos idiomas. En cambio, la situación es bien distinta si buscamos a traductores de lenguas de escasa difusión que algunas editoriales llaman “otras lenguas”. En el caso concreto del húngaro, sin ir más lejos, son bien pocos los españoles que lo hablan y menos aún los que lo dominan lo suficientemente bien como para atreverse a traducir literatura. Entre paréntesis añado: entre los traductores hay gente valiente.

Comprender y traducir

Para traducir literatura no sólo hace falta dominar la lengua de salida: más allá de los laberintos del idioma, al traductor le esperan trampas como culturemas y, sobre todo, alusiones y referencias culturales muchas veces casi imposibles de detectar. Hasta los que leen en su lengua materna tienen dificultades para entenderlas, pero un traductor que lee el texto en una lengua extranjera lo tiene muy difícil.

Cuando se habla de traducción, más aun de traducción literaria, se prefiere al traductor que traduce a su lengua materna. Es el hablante nativo el que genera un texto transparente y de buena calidad. El texto de llegada es la parte palpable de la traducción, la que tiene una calidad fácil de evaluarse. Generalmente la editorial no coteja la traducción con el texto original, como mucho, con una traducción hecha a otra lengua. Si se toma la molestia de hacerlo, pueden aflorar los errores (o incluso surgir otros). Pero normalmente si el texto esconde errores de comprensión, estos quedan casi siempre ocultos, limados automática e inconscientemente por la mente del traductor. Para la editorial: ojos que no ven, corazón que no siente. Claro, si sus ojos vieran, no habría necesidad de traducciones.

Para asegurar la fidelidad de la traducción, se puede recurrir a la traducción inversa (de lengua materna a extranjera). Pero la traducción inversa tiene sus limitaciones; pocos llegan a hablar una lengua extranjera como si fuera la materna. La traducción inversa está llena de disparos, perdón, de disparates. A la editorial de poco le consuela saber –o suponer– que la traducción realizada es fiel al original si tiene que (mal)gastar tiempo y dinero en retocarlo, en corregir léxico y gramática para que al final suene con naturalidad.

Tándem

Una solución acertada para poner remedio al problema de la comprensión del texto de salida y la calidad del texto de llegada es traducir en tándem. Es una práctica que se usa con bastante frecuencia y, al parecer, para satisfacción de todos. Uno tiene que apañarse con lo que tiene. Aunque el traductor ideal tiene dos lenguas maternas y se orienta bien en dos culturas, son pocas las personas nacidas de dos madres y educadas paralelamente en dos países. Así tenemos que contentarnos con un dúo, dos personas que juntas integran al traductor ideal. Uno de ellos tiene como lengua materna la lengua de salida y el otro es nativo en la lengua de llegada. Conviene que los dos dominen ambas lenguas (uno tiene que hacerlo a la fuerza). Y como no, los dos deben tener un alto nivel cultural y literario.

La fórmula es en realidad garantía de calidad, ya que si el traductor número uno –en el orden del trabajo– no hace un trabajo de calidad, si no tiene un dominio realmente bueno de la lengua, es de temer que nunca encuentre a una pareja dispuesta a corregir su chapuza. Si al corrector le resulta más fácil y rápido traducir un texto que corregir la traducción de otra persona, no creo que se martirice optando por la segunda solución.

Que ¿cómo trabajan juntos dos traductores? Puede haber varias soluciones, pero una posibilidad es que uno traduzca el texto desde su lengua materna y elabore una primera versión que después retoca la otra persona, limando todo lo que suene extraño y añadiendo una riqueza de matices de la que sólo él es capaz. Es una cooperación que garantiza el equilibrio entre las dos fases de la traducción, garantizando tanto la fidelidad al texto de salida como la calidad del texto de llegada.

El método, lamentablemente, tiene una desventaja. Los honorarios, de por sí poco cuantiosos, se los tienen que repartir. Así para terminar, podemos decir que el retrato robot del buen traductor literario es el perfecto conocimiento de dos lenguas y de dos culturas; además debe disponer de una cantidad ilimitada de tiempo y de un alto grado de ascetismo. En el caso de los que trabajan en tándem: perfecto conocimiento de al menos una de las dos lenguas y culturas, disposición a trabajar en equipo (reducido), cantidad ilimitada de tiempo (aquí ya no cabe gradación) y un nivel de ascetismo aun más elevado.

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