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Imre Oravecz


Fragmento de la novela de Imre Oravecz que continúa la historia de la familia Árvai después de su emigración a los Estados Unidos.

Ya habían pasado más de dos años desde su llegada, y todavía no eran del todo como la gente de Birmingham. En un aspecto u otro desentonaban entre ellos, entre los demás; pero ya todo les resultaba familiar o lo aceptaban, es decir: se habían adaptado, aunque no podían acostumbrarse al board house sin dejar de sentirse incómodos. No pasó lo que temían: nadie, ningún hombre hambriento, acosó a Anna; solo una vez hubo una pelea, sin navajas ni sangre, y el pequeño Imruska no aprendió demasiadas palabrotas. No obstante, se habían dado cuenta de que ni siquiera a corto plazo ese era el sitio adecuado para una familia. Una sola habitación suponía muy poco. Estaban cansados de no tener bastante espacio, de vivir hacinados, de no disponer al menos de un cuarto más donde pudieran dormir Anna y los niños o guardar los enseres. Ni siquiera de una despensa o un rincón donde colocar la comida. Si estaban todos en casa, tenían que apretujarse, guardarlo todo en un solo armario, y lo que no cabía allí se ordenaba de manera dispersa por encima de otros muebles. No se podía cocinar, solo preparar simples papillas para los niños, algo que no era una comida normal para adultos. Además había que bajar a la cocina de Mrs. Kiss. Anna, madre y mujer casada, casi se volvió loca sin cocina. A menudo tenía la sensación de ser un pájaro con las alas rotas que no podía volar. La estrechez de su cuarto y la falta de cocina propia casi le atormentaban más que el hecho de que los ahorros aumentasen más lentamente de lo que habían esperado. Se hizo cada vez más urgente tomar la decisión de mudarse a otro sitio, y aunque la tenían preparada desde hacía mucho tiempo, ahora ya corría prisa. Tal vez alquilaran una habitación más grande, o del mismo tamaño que la actual, pero al menos en una casa donde hubiera posibilidad de cocinar. Quizás un piso desahogado con cocina propia y todo lo demás. La solución más barata hubiera sido alquilar uno en las casas para obreros de la fundición NMCC, pero allí no había plazas vacantes desde hacía tiempo, y los pisos no tenían patio o jardín separado, lo que también añoraban. Habría que buscarlo en otra parte. Ahora bien, en cualquier otra parte el alquiler costaba mucho más. ¿Qué pasaría entonces con los ahorros? ¡Se los gastarían, perderían todo lo que debían llevar a casa, aquello por lo que habían venido! Les costaba mucho decidirse dar el paso. Esperaron a tener más dinero ahorrado para poder costear la diferencia respecto a lo que pagaban por el board house. Al final, lo que los movió del punto muerto, lo que les dio coraje, fue que István lograra un ascenso en su trabajo. Se despidió un cargador que había logrado lo que quería y volvió a Hungría. István fue destinado a su lugar y pronto destacó por su diligencia y agilidad. Así llegó a ser cargador de hornos en la plataforma donde trabajaba el tío Paja. Fue entonces cuando por fin tomaron la decisión de alquilar un piso y no solo un cuarto. Anna, que deseaba tener una casa más que nadie, aceptó la idea con la condición de mirar por el dólar todavía más, pues de lo contrario, decía, fracasarían y volverán a casa con las manos vacías o se quedarán allí para siempre.

Traducción de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes

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