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Béla Balázs

El niño de barro

Traducción de Andrea Imrei

Título original: Az agyag-gyerek
Révai • Budapest, 1948

Sobre los cuentos de Béla Balázs puedes leer un interesante artículo, escrito por la traductora de este texto, en la sección Danubio Azul.

En las proximidades de la bahía de Kian-Chau, en una aldea vivió una vez un hombre llamado Liu-I. Ya tenía miles de años, sin embargo, su barba aún era negra y sus ojos brillantes. La razón de esto fue que Liu-I repitió treinta veces el primer año de su vida en el que los niños aprenden el oficio de vivir, y así pudo llevarlo a su máxima perfección. Pues, todas las edades tienen su sentido oculto y los hombres no lo encuentran tan sólo porque por muy poco tiempo pueden permanecer en cada una de ellas, luego envejecen y entran en la siguiente edad, de nuevo sin experiencia. Cuando Liu-I vino al mundo por primera vez, en el pecho de su madre había leche de abundancia porque su madre fue una señora corpulenta y fuerte. Una vez cuando se acercó a la cuna de su hijo, advirtió una pequeña serpiente de esmeralda en la bola tallada de la cuna. Tenía la cabeza de oro cuadrada con los ojos de rubíes. La señora en seguida se dio cuenta de que era un dios fluvial y le saludó respetuosamente con profundas reverencias. Después trajo una fuente de oro, llena de arena limpia. El dios fluvial se introdujo en ella y habló:

–– Quiero leche.

Entonces la señora cogió la pequeña serpiente, la puso sobre su pecho y la amamantó. Cuando el dios fluvial mamó suficiente, levantó su pequeña cabeza de oro cuadrada y así habló:

–– Yo soy Tin-Ka, el dios fluvial, y voy a agradecerte este gesto. Vivo en el templo de cuarzo en el monte, y como recuerdo de que me has amamantado, desde hoy mismo en tus senos llevarás la imagen del río Jangchekiang.

Cuando el dios fluvial pronunció sus últimas palabras, desapareció. Porque a estos dioses no les preocupa ni la alegría ni la tristeza de los hombres, de súbito aparecen, de súbito desaparecen, según les place. Entonces en el pecho derecho de la señora se pudo ver una gran vena azul que era la imagen del río Jangchekiang con todos sus afluentes.

Apenas unos meses después su hijo, Liu-I, cayó gravemente enfermo. A causa de su gran temor a la señora le vino a la mente el dios fluvial. Con barro modeló la figura de su pequeño hijo, y con ella subió al monte Dragóntigre. Allí se alzaba el templo del dios fluvial. Entre columnas de cuarzo blanco destellante el azul del cielo que se hinchaba como una vela azul al viento. Alrededor del templo ya había centenares de figuras de barro de pequeños niños depositadas. Todas fueron llevadas por madres que rezaron y ofrendaron por sus hijos enfermos. Pero también visitaban el templo mujeres estériles. Aquéllas arrancaban un trozo de los niños de barro, lo engullían y quedaban embarazadas.

Así la madre de Liu-I también depositó su figura de barro entre las demás. Es decir imploró al dios fluvial. Pero precisamente entonces se le ofreció una representación teatral con unos actores excelentes, y por eso no pudo atender la petición de la señora.

Algunos días después una mujer sin hijos subió al monte. Observó a todos los niños de barro dispuestos alrededor del templo de cuarzo, y al fin se detuvo delante de la estatuilla de Liu-I. Tanto le gustó la figura de barro del niño, que un deseo ardoroso se apoderó de su corazón.

–– Quiero darle la vida a este niño – gritó imprudentemente. Hizo una ofrenda y oró, después le arrancó el pene, y lo engulló. En aquel momento preciso al dios fluvial le estaban ofreciendo otra representación teatral y por eso no se dio cuenta de lo ocurrido.

Apenas unas semanas después la madre de Lui-I asustada vio que su hijo no crecía más ni en altura ni en peso, a pesar de que recibía leche en abundancia; todo lo contrario, era cada vez más pequeño y ligero. Mantenía al niño día y noche pegado a su pecho. Era inútil. Entonces subió al templo de cuarzo del monte Dragóntigre, y pidió ayuda con desespero a Tin-Ka, el dios fluvial. Éste apareció con su cuerpo de esmeralda enrollado alrededor de una columna de cuarzo destellante, con los ojos de rubíes miró a la señora y no la reconoció. Entonces la mujer desgarró su ropa y mostró en su seno la gran vena azul que era la imagen del río Jangchekiang, y luego se quejó de su gran pena. Tin-Ka, el dios fluvial, recordó que aquella mujer le había amamantado con su pecho y quiso ayudarla. Juntos fueron a buscar la estatuilla de barro del pequeño Liu-I y vieron que le faltaba el pene.

Entonces Tin-Ka, el dios fluvial de cabeza de oro cuadrada así habló:

–– Esto es grave. Una mujer sin hijos lo engulló y quedó embarazada. Ahora ya Liu-I en su útero va creciendo a medida que tu hijo va decreciendo en tus brazos. Cuando le dé a luz a Liu-I, él desaparecerá de tu cuna.

–– ¿Y no hay ningún remedio? – lloraba entre ayes la señora. – Yo te ayudé cuando estabas hambriento.

El dios fluvial le contestó así:

–– Esto es grave. Porque se tragó precisamente el pene. Esta magia es más fuerte que mi fuerza. Pero te doy un consejo. Aquel día en el que tu hijo al nacer pase de tus brazos a los brazos de la otra mujer, sube al templo de cuarzo y come tú también un trozo de su estatuilla de barro. Entonces el niño irá disminuyendo en los brazos de ella durante seis meses. Así medio año después lo podrás tener de nuevo en tu regazo. Por supuesto, la otra mujer también subirá aquí, actuará de igual manera y dará de nuevo a luz al niño. Pero tú tampoco te rindas, y de este modo al menos en cada segundo año disfrutarás de tu hijo.

Así habló Tin-Ka, el dios fluvial y desapareció. Porque a estos dioses no les preocupa ni la alegría ni la tristeza de los hombres, de súbito aparecen, de súbito desaparecen, según les place. La madre reflexionó sobre las palabras del dios fluvial, y se consoló. Porque a pesar de que su hijo, Liu-I esté a su lado sólo en cada segundo año, disfrutará más de él que las otras madres de sus hijos. Porque otros niños crecen, se casan, abandonan el hogar y olvidan a su madre, pero ya que Liu-I, de esta manera, nunca será mayor de un año (pues tiene que renacer anualmente), siempre permanerecá en el regazo de su madre.

Y así ocurrió. Liu-I volvió a nacer en cada segundo año, ora aquí, ora allá, y de este modo treinta veces repitió su primer año de vida. Ya casi no quedaba nada de la estatuilla de barro en el monte Dragóntigre, y las dos madres se preparaban para luchar por el último bocado. Pero entonces murió la otra mujer, Liu-I se quedó con su primera madre, y ahora ya creció y creció sin ningún tipo de obstáculo, sin embargo, durante el primer año de su vida treinta veces repetido aprendió mejor que nadie el oficio de vivir.


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