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Gyula Krúdy

Girasol

Traducción de ZsuZsanna Ruppl

Título original: Napraforgó
Espasa-Calpe • Madrid, 2008

Como todas las novelas de Gyula Krúdy, Girasol transcurre en la Hungría de los primeros años del siglo xx. En una bucólica mansión campestre a las afueras de Budapest se dan cita tres amigas muy distintas entre sí, pero todas ellas mujeres de carácter: Evelin, la dueña de la casa; la señorita Malvina Maszkerádi, una abanderada del feminismo adelantada a su tiempo, y la pizpireta Rizujlett. La visita de tres caballeros introducirá un poco de emoción en sus tediosas vidas. A pesar de sus diferencias, las tres comparten un mismo destino: haberse enamorado del hombre equivocado. La presente edición es la primera traducción de Girasol al castellano que se publica en nuestro pas. Escrita en 1918, es una novela clave en la producción de este novelista, uno de los más renombrados de las letras magiares, maestro de Sndor Márai, y a quien se ha comparado con Proust. Sin duda colmará las expectativas de los amantes de la gran literatura centroeuropea del siglo xx.

Sensitiva Evelin

LA DAMISELA ESTABA TUMBADA EN LA CAMA, leyendo una novela a la luz de un candelabro, cuando oyó un débil crujir de pasos procedente del otro extremo de la gran casa, como si alguien caminara por una estancia lejana. La joven bajó el libro y aguzó el oído. Las manecillas del reloj se deslizaban hacia la señal de la medianoche con tal sigilo que parecían ánimas ascendiendo por la pared rocosa de una montaña.

Con sólo veinte años, la señorita Evelin ya había derramado lágrimas por su primer amor. En ocasiones, el recuerdo del joven que había amenazado con suicidarse pasaba por su mente tan efímero como el vuelo de una gaviota en el septentrión. Por lo demás, era la viva imagen de la cordura y la serenidad, y ofrecía una apariencia de lo más formal: vestía de blanco en verano y de negro en invierno, asistía a los oficios religiosos de la iglesia de los franciscanos con el mismo entusiasmo con el que azadonaba el jardín de su finca, y estaba

convencida de que la felicidad la aguardaba en alguna parte, razón por la cual contemplaba con calma el paso del tiempo. Empero, el ruido en mitad de la noche la sobresaltó.

En un primer momento fue incapaz de recordar si había cerrado con llave la puerta del dormitorio, aunque tenía claro que no era como la puertita forrada de papel rosado que comunicaba la alcoba con el cuarto de baño. Se deslizó fuera de la confortable cama sin hacer ruido ni apartar la vista de ese acceso y se dirigió de puntillas al servicio. Se llevó un susto tremendo cuando se percató de que había dejado la llave puesta por el otro lado. Observó fascinada la forma en que el picaporte de cobre descendía con la delicadeza con que se deposita un ataúd en la fosa. Semejante maestría hablaba de la habilidad para actuar con discreción de quien estuviera al otro lado de la puerta.

Evelin lanzó una última mirada a su alrededor. El ventanal del dormitorio daba al invernadero. Se trataba de la típica ventana de entrepiso protegida por un enrejado de hierro forjado, al estilo de las casonas antiguas del distrito de Józsefváros, en Pest. Después buscó un arma con la que defenderse, no vio la plegadera de estilo turco y posó los ojos en un alfiler de sombrero.

Para entonces, el picaporte casi había bajado del todo y el intruso iba a entrar de un momento a otro. La puerta de color rosa empezó a abrirse en ese momento.

—¡Levántate, Kálmán, hay ladrones en la casa! —gritó Evelin a pleno pulmón, hasta el punto de no reconocer su propia voz.

El pánico la indujo a lanzar el costurero contra la ventana con tal fuerza que el cristal se rompió con estrépito. El asaltante soltó el picaporte de cobre, que volvió a su posición

habitual. Seguidamente, a lo lejos, un portazo sonó como una palabrota. Ella escuchó unas pisadas al cabo de un rato, pero podían ser las de alguien que estuviera dando un paseo solitario a medianoche.

Evelin corrió hacia la ventana con el corazón desbocado y miró al exterior. Los árboles centenarios permanecían inertes bajo sus abrigos de nieve y el jardín estaba tan blanco que tenía un aspecto sepulcral. Al final de éste se atisbaba el muro de piedra, de una blancura casi amenazante. En la casa volvió a imperar un silencio tan absoluto como el de un diario cerrado cuyos héroes y heroínas ya han abandonado este mundo.

La damisela se apresuró a arroparse con un suave y largo abrigo de piel que se ciñó al camisón como un gato zalamero. Unas zapatillas diminutas de vívidos colores asomaron por debajo de la cama como si respondieran a una orden. Se miró en el espejo, que le devolvió la imagen de una mujer de pelo azabache, ojillos vivarachos y tez blanca como la tiza. Permaneció inmóvil durante un tiempo. El corazón le latía con ferocidad y un sudor frío le perlaba la frente. No sabía qué hacer ahora que había pasado el peligro. Siguió allí, aterrada, abstraída de todo.

—¿No habrá sido él? —se preguntó… pensando en su antiguo prometido, el despechado Kálmán.

El donjuán conocía el edificio lo bastante bien para orientarse por el dédalo de pasillos sinuosos y puertas que se abrían a derecha e izquierda. También sabía de la existencia de la escalera de caracol que conducía desde los aposentos de Evelin hasta el jardín. Aquélla databa de cuando los jacobinos 2 se escondían en Pest, pues el propietario de la casa en aquel entonces estaba involucrado en la conspiración. Los palacetes señoriales se alineaban a ambos lados de su calle tan majestuosos como las fotografías de una guía de viajes. La casa de Evelin, un edificio estrecho y alargado de una sola planta rematado con un tejado abuhardillado, se erguía entre las mansiones como la anciana menuda encargada de guardar la plata familiar. Un ladrón normal se habría perdido en aquella vieja casa. El intruso de medianoche necesariamente tenía que ser Kálmán.

Pero ¿qué querría? Podía haber acudido en cualquier momento a plena luz del día y formular su petición, como había hecho en tantas ocasiones, por ejemplo, cuando se arruinó jugando a las cartas o apostando en el hipódromo, y ella siempre le había ayudado, haciendo gala con él de la generosidad que se estila con un familiar. Kálmán se había presentado a horas intempestivas para pedirle dinero. En tales casos, Evelin acudía al tocador con vistas al jardín, sacaba de un arconcito de palisandro un fajo de lisos billetes tenuemente perfumados y los repasaba con aquellos dedos suyos, blancos y delicados, antes de retirar siempre el de más valor con el gesto indiferente de quien toma un pañuelo. Como era de naturaleza supersticiosa, se lo entregaba al arruinado galán sin pedirle a cambio más que un florín para que la buena fortuna no abandonara la casa.

El joven también se personaba en otras ocasiones, cada vez que las mujeres le herían, le dejaban o le engañaban. En tales momentos, la cajita de palisandro parecía contemplar con compasión desde una esquina al cabizbajo muchacho mientras ella le acariciaba la frente con los dedos níveos hasta disipar las arrugas del ceño. Ahora bien, Kálmán llevaba dos años sin aparecer. ¿Qué querría? ¿Se había entrampado otra vez? Evelin había saldado todas las deudas del joven en el momento de romper definitivamente su compromiso con el propósito de que hiciera borrón y cuenta nueva, la olvidara y empezara una nueva vida.

Ella, por su parte, compraba de ese modo un poco de tranquilidad. Permaneció sentada junto a la ventana, desde cuyo alféizar contempló cómo los primeros rayos del alba iluminaban las copas de los árboles, para luego diseminarse por la ciudad al mismo tiempo que empezaba el reparto de la leche fresca procedente de las granjas de los alrededores. Las luces del amanecer hicieron visibles unos pequeños arbustos blanqueados por la cellisca, semejantes a niños en su largo camino hacia la escuela con los gorros cubiertos de nieve, y un imponente ciprés vestido con ropas blanquinegras, cuyo aspecto recordaba al de un tahúr de vuelta al hogar.

La joven abrió la ventana…y vio las huellas de zapatos en la nieve del jardín… … que iban desapareciendo poco a poco, como los recuerdos, bajo los copos de la nevada. Evelin se llevó la mano al pecho y la apretó con fuerza en cuanto identificó las huellas del visitante nocturno con la certeza que el cazador avezado distingue el rastro del lobo entre otros rastros. Se levantó de un salto y cruzó a toda prisa el cuarto de baño y las escaleras de caracol para salir enseguida al jardín sin importarle dejar abiertas las hojas del portón.


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