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Géza Csáth

Padre e hijo

Traducción de Mária Szijj

Título original: Apa és fia
Magvetõ • Budapest, 2000

El cuento Padre e hijo es una de las obras más crueles de Géza Csáth, escritor eminente del movimiento literario de principios del siglo XX, que se formó alrededor de la revista Nyugat (Occidente). Csáth, primo de Dezsõ Kosztolányi, el novelista más conocido de la época, fue médico, drogadicto y mujeriego incansable. Es uno de los escritores más influidos por las teorías de Freud.

Una mañana de invierno, el primer asistente del director del instituto anatómico anunció la llegada de un hombre que quería hablar urgentemente con el distinguido señor.

El director le dijo que sólo podía dedicarle unos minutos, ya que tenía que ir a dar una conferencia. En efecto, el aula ya zumbaba llena de estudiantes de Medicina.

El visitante, un hombre alto, bien vestido y pálido, entró, hizo una profunda reverencia y empezó a hablar, farfullando de excitación. Por su cara afeitada y lisa se podía pensar que no era húngaro, aunque hablaba con un acento impoluto. Ante sus ojos fuertemente miopes llevaba unas gafas de pinza, de montura negra.

––Discúlpeme, señor director, por entretenerle, pero el asunto es urgente, al menos para mí. Mi nombre es Pál Gyetvás, soy ingeniero y llegué de América ayer. Al apearme del tren, mi madre me recibió con la noticia de que mi padre ya no se encontraba entre los vivos. Tenía que haber recibido la carta que me comunicaba su muerte el día que embarqué para regresar… Así que me enteré de que mi padre había fallecido y que murió en la clínica. Mi madre, que cuando llegué vivía en la mayor miseria, no pudo sufragar los gastos del entierro. Así pues, dejó allí el cadáver de mi padre, porque la tranquilizaron diciendo que la clínica se encargaría de enterrarlo. El caso es que yo he estado investigando, y ayer me enteré de que su cadáver se trajo aquí, al instituto anatómico, para que estudien con él los estudiantes de Medicina. También me aclararon que sólo entierran a los cadáveres después de despedazarlos en partes minúsculas y esos trozos se ponen –todos entremezclados– en ataúdes. Quisiera saber si ha sido éste el destino de mi padre, o –según me confió el empleado–, tal vez hayan hervido sus huesos para montarlos en un esqueleto. Esto es lo que quisiera saber, y le ruego al señor director que, en tal caso, me entregue el esqueleto o la calavera, pero mejor todo el esqueleto, para poder enterrarlo… Bueno, le suplico señor que tenga la bondad de averiguar si está, tal vez, el esqueleto de mi padre; el empleado me dijo que para este fin se seleccionan los cadáveres de huesos fuertes y hermosos, y mi padre tenía huesos enormes y era tan alto como yo… Corro con todos los gastos del instituto…

Durante este largo y excitado discurso el director no dejaba de acariciarse la barba con parsimonia, luego dijo en voz baja y hablando lentamente:

––Bien señor, puedo averiguarlo, por favor dígame ¿cómo se llamaba su padre?

––Pál Gyetvás, igual que yo.

––El instituto no suele entregar cadáveres… pero si está el esqueleto, quizás en el sótano donde se hierven, o tal vez ya montado, no tengo inconvenientes en entregárselo a usted.

El director pulsó un timbre. Apareció un médico vestido de bata blanca.

––Por favor, doctor –dijo el director–, mande averiguar si el mes pasado o antes procesaron un cadáver denominado Pál Gyetvás y, en caso afirmativo, si hicieron de él esqueleto para las clases.

El asistente salió apresurado y el científico ofreció asiento al extraño visitante.

Después de cinco minutos de muda espera, cuando el huésped movía las rodillas nervioso y el profesor miraba la calle lluviosa con las manos hundidas en los bolsillos –entró bruscamente el asistente.

––El cadáver aparece en el registro, nos lo dieron de la unidad de Medicina Interna. La autopsia la hicimos nosotros, en la “C”. Se lo entregué a los de tercero, porque tenía un esqueleto hermoso; la semana pasado se lo di a Mátyás para que lo macerara y lo montaron anteayer. Salió bastante bien; lo mandamos colocar en la sala de disección –tal como nos había dicho usted– porque el mes pasado los de primero rompieron uno de los esqueletos de aquella sala.

El advenedizo hizo un repentino gesto de estremecimiento. El profesor, por su parte, volvió a hablar con la parsimonia de antes:

––Le ruego entonces, doctor, que le entregue a este caballero el esqueleto en cuestión. Haga el favor de pagarme los gastos a mí. ¿Cuánto es, doctor? Veamos, macerar un cadáver y montarlo son treinta y cinco coronas.

El hombre sacó su billetera con rapidez y pagó con aún más celeridad. Mientras, ya menos excitado, incluso con cierto alivio y alegría, dijo:

––Aquí tiene, señor director, gracias por el favor, le pido perdón por haberle entretenido. Su seguro servidor.

Condujeron al ingeniero a la sala de disección, donde en uno de los rincones estaba el esqueleto “en cuestión”. Un esqueleto enorme, de huesos orondos, cráneo formidable y blanco como la porcelana.

El forastero lo miró un rato sorprendido. Seguramente nunca había visto un esqueleto. Lo miró por delante y por detrás, le dio vueltas en el soporte, sus dedos se deslizaron por las costillas, tocaron los muelles que unían la mandíbula a la cabeza y luego miró desamparado al empleado y al asistente.

El asistente empezó a elogiar el cráneo, lo que despertó en el forastero curiosidad por la anatomía. Pero el hombre de bata blanca se despidió poco después, porque tenía trabajo en el aula.

El viejo empleado sintió el deber de consolarlo. Sacó a relucir toda su sabiduría.

––Hace tiempo, señor, que no me he cruzado con un esqueleto tan hermoso como este; Gyuri, que está en la anatomía II me dijo: Mátyás, viejo amigo, este muerto me gustaría llevármelo.

El forastero inclinó la cabeza y empezó a menear las piernas del esqueleto. Éstas se columpiaban tintineando. Luego miró durante largo rato a la cavidad de los ojos y se mordía los labios.

El viejo y cínico Mátyás, que llevaba ya treinta años arrastrando cadáveres de un lugar a otro –no hacía otra cosa– vio que al señor se le saltaron las lágrimas y el también se emocionó.

––¿No sería algún pariente del señor?

––Fue mi padre.

––Su padre, hm, hm. Vaya… –y se calló. Estuvieron un rato en silencio mirando el esqueleto.

El hijo del esqueleto pensó durante unos instantes que tenía que dejar salir aquella tormenta de ideas y emociones que sentía madurar en el alma.

Mas la tempestad, antes de llegar, se apaciguó en la sala de disección limpia, que brillaba con sus porcelanas blancas; la tristeza, el dolor de la muerte se disiparon y se diluyeron en la luminosidad de los grandes ventanales. El ingeniero, como si de repente hubiera cambiado de opinión, agarró el esqueleto, asió el soporte de hierro y se encaminó hacia la puerta. Avanzó decidido con su extraña carga mientras bajaba los ojos como sonrojándose por su padre.

Cruzó el amplio pasillo y algunos estudiantes de Medicina que llegaban con retraso tuvieron tiempo aún de ver al hombre bien afeitado cargando el esqueleto, cuyos brazos y piernas bailaban una danza extraña al estrecharlos torpemente en sus brazos. El hijo al padre.


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