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Lajos Parti Nagy

La nevada de Aranka Teöpfel

Traducción de Éva Cserháti

Título original: Teöpfel Aranka hóesése
Revista Élet és Irodalom • Budapest, 2009

Aranka Teöpfel se despertó al sentir la nevada en su interior y enseguida abrió una mina en sus entrañas, con chimenea, galerías, 1 pozo de ascensor bien engrasado, y por supuesto con vagonetas que chirriaban al bajar y subir. Luego contempló con la mirada almibarada de un corzo la punta de un palo que estaba por el suelo al lado de su cama, y pensó que estaba a punto de clavárselo en el pericardio, si era necesario con los ojos cerrados hasta el orificio largimal, pero tenía que ser ahora.

¿¡Pero por qué, si no podía ser?!

La mañana era como una frambuesa bañada en sal de cocina empapada, aunque en realidad sólo nevaba en su interior, intencionadamente y sin falta. Por eso volvió al grano, a la mina de nieve, y pronto su humor consiguió mejoras, se volvió como un cisne ahogado en polvo de cacao, sólo quería vivir, y abundante sangre corría salvajemente por sus venas desde la punta de los dedos de los pies hasta los lóbulos de la oreja.

“Seré una dama de mina o una virgennieve hecha y derecha!”, pensó exclusivamente de sí misma Aranka Teöpfel, y en el momento psicológico más acertado se separó de su colchón de una patada, y luego como si bailara sobre las gibas del patio del criadero de camellos, en un soplo llegó a la valla que daba a la calle, porque le gustaba mucho cansarse con los codos apoyados en la misma hasta adormecerse del todo, y mirar, y nada más. Allí tuvo la posibilidad real de lanzar una mirada por y a través.

“La vida es diletante”, dijo sin más, con cierta audibilidad de varias millas tal vez.

Alrededor se hallaban las tierras de grafito, la cara derecha musgosa de una locomotora cortada en dos, encima el cielo machacado, reducido a gachas que de trecho en trecho estaba hecho de algodón dulce almohadillado. Mientras en ella, como sobre un pajar oxidado, caía la nieve. Se oyó un grito como en una excursión de pioneros de sábado por la mañana. Fue ella, naturalmente. Sería capaz –¡sí!– con su secador de pelo ucraniano levantar un temporal que se llevara de cualquier hombre todas las verrugas, todos los lunares.

¡Hombre, hombres, hombres!

Aranka lanzó un suspiro tan enorme como la corriente habitual en una sala de espera.

Porque hasta que llegara Rudolf Homonyik, técnico licenciado de escopeta de aire comprimido, tenía que hacer algo, puesto que ya tenía suficiente autoconocimiento para saber que esta mañana tenía la cara como la choquezuela en estado puro. Bueno, se pondría en la boca ralladura de pintalabios congelado y cerrado con velcro, dejaría caer en la frente una gota de aceite de hígado de bacalao para dejar las plateadas pestañas pegajosas, y se frotaría los ojos adrede con colonia rusa caducada, y con este fin agitó media botella para que cuando Rudolf Homonyik llegara y se inclinara sobre ella preguntando como de costumbre:

Küss die hand, ¿el calientapiés sigue emitiendo descargas eléctricas en la tenebrosidad de la noche?”

ella pudiera contestar como solía con los ojos abiertos como platos espaciosos:

“¿Le apetece que heredemos frutas en almíbar, señor Homonyik?”

¡Oh, sí, el querido Rudolf Homonyik, ese hombre, hombre, hombre! ¡Qué boca más grande, espumosa! ¡La nuca tan animal y qué mirada tan holográfica! ¡Una ojeada objetiva suya era capaz de convertir el arco iris en centro térmico! Sabía ella, Aranka Teöpfel, tan bien como si fuera el resultado del partido de waterpolo, que los hombres eran todos malhechores, y la excepción era al menos asesino de vírgenes. Pero la esperanza siempre se había guardado un sitio para él, para que pudiera sentarse en primer fila para ver su propio destino.

¡Porque habría todavía tiempos cuando ellos cogidos de la mano leyeran el horario de trenes del año pasado! ¡Y mirarían juntos y a través de la tarta Rigó Jancsi, dispararían el uno al otro entre risas y perdigonadas y andarían en las mismas botas de goma, y declararían lo mismo e inequívocamente en el registro civil, pronto y el martes!

En este momento Aranka se asustó de tal manera que produjo un cortocircuito en toda la cuenca de Cárpatos. ¿Qué diría Rudolf Homonyik sobre la mina cuando llegara la hora de la verdad, necesitaría o no tantos metros cúbicos de nieve?

¡¿Diría que “aquella mancha de nieve, a la derecha, transversalmente, no estoy segura de que haya caído en el lugar más oportuno, mi querida Aranka”?! ¡Ella, Aranka Teöpfel ya no podía parar esta mina! ¡Estaba nevando en la mina y en ella misma! ¡Ella, Aranka Teöpfel, ya era para siempre una nevada eterna, pronosticada!

Y entonces Aranka se dio cuenta de que en el apagón carpático no la iba a encontrar, en vano tenía ni siquiera Rudolf Homonyik una escopeta de aire comprimido tan moderno que era capaz de acertar hasta los cálculos nefríticos. Y entonces Aranka partió en el aseado crepúsculo borroso, en medio de su propia fuerte nevada para encontrar el fusible nacional. Y al avanzar a tientas rezaba para que fuera el fusible nacional el que su tristeza había hecho saltar, y mucho.


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