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Béla Balázs

La bata de los sueños

Traducción de Andrea Imrei y Javier Serrano Cabra

Título original: Álmok köntöse
Révai • Budapest, 1948

En la sección Danubio Azul puedes leer un interesante artículo sobre los cuentos de Béla Balázs, de la mano de los traductores del relato que sigue. En la sección Personajes encontrarás el retrato del escritor.

El emperador Ming-Huang era descendiente de la dinastía celestial Tang. Su mujer, Nai-Fe, era tan bella como la luna del mayo. Sin embargo, nunca se les vio juntos, ni conversando ni sentados en silencio con las manos entrelazadas. Sólo si el emperador se cubría con su bata ricamente bordada, sólo entonces era posible ver a Nai-Fe. Ella le seguía a distancia y en su mirada se reflejaba el anhelo que su alma sentía por él. Esto es su historia.

Ming-Huang tenía un jardín maravilloso con flores, colmado de profundas fragancias, tanto que con el cuenco de la mano podían recogerse, como si fuera agua de arroyos. Una de las siete noches se encontró en el jardín con la emperatriz, y cuando dirigieron su mirada a las constelaciones de la Tejedora y el Pastor de Vacas se juraron amor eterno con una mano sobre la mano del otro.

Príncipe oriental. Pintura de Péter Kardos Pero el alma de la emperatriz era soñadora porque en su anterior vida la muerte le alcanzó con premura. No le daba tiempo para realizar sus sueños. En su anterior vida su camino truncado no le condujo a la meta. Por eso en esta vida siempre meditaba anhelante con su mirada perdida en la lejanía persiguiendo sus sueños, y sonámbula pasaba al lado de su señor el emperador. Cuando Ming-Huang la envolvía con sus brazos, tan sólo poseía su cuerpo, el alma de Nai-Fe andaba lejos, de igual forma que no es posible atrapar el alma del durmiente mientras vuela con sus sueños. Esto era la desgracia de su amor. Nai-Fe se lo reprochaba con dolor a sí misma, pero no podía cambiar.

Una noche mientras dormitaba en su palacio del jardín, esculpido de verde pálido jade, meciéndose la cama entre las olas de intensos aromas como las barcas sobre el río, advirtió la presencia de Ming-Huang. Se cubría con una bata maravillosa que tenía bordadas todas las imágenes de todos los sueños de su esposa. Sobre enormes montañas bordadas brillaban bordados peñascales, con bordados de oro borbollaban anchos ríos, imágenes de fascinantes jardines y palacios por encima de adorables hadas y terribles dragones de cabezas flamígeras bordados. Todo el reino de los sueños que anhelaba el alma de Nai-Fe, el emperador lo llevaba sobre los hombros, bordado en su bata. Entonces el alma de Nai-Fe se llenaba de felicidad y embeleso. Porque podía mirar sin cesar a su señor el emperador. No tenía que elegir hacia donde dirigir su mirada, hacia sus sueños o hacia su amor.

Tan pronto como se despertó Nai-Fe, corrió al lado del emperador y así le habló:

–– Cuando una de las siete noches nos encontramos en el perfumado jardín de flores, y dirigimos nuestra mirada hacia las constelaciones de la Tejedora y el Pastor de Vacas, yo te juré amor eterno. Pero tengo el alma soñadora, porque en mi anterior vida la muerte me alcanzó con premura. Por esta razón mis ojos pasan buscando a tu lado, nuestro amor se hace desgraciado, y no puedo cumplir mi juramento. Por esta razón cúbrete siempre con mis sueños para que siempre te pueda ver, para que cuando dirija la mirada y parta hacia ellos, te alcance a ti.

–– ¿Cómo puedo yo cubrirme con tus sueños? – preguntó entristecido el emperador.

–– Voy a bordarlos todos en una bata. Te cubrirás con ella. La emperatriz Nai-Fe volvió a su palacio de verde pálido jade y durante cinco años bordó la bata. Durante cinco años no abandonó su palacio del jardín. Sólo las fragancias del jardín entraban a visitarla. Percibía las estaciones por el cambio de los olores. Así pudo oler el paso de cinco años.

Cuando terminó la bata, se lo llevó al emperador Ming-Huang, y él se la puso. De felicidad y embeleso se llenaba cuando veía a su enamorado señor envuelto con sus sueños. Lo miraba y lo miraba, y el anhelo de su alma y el anhelo de su corazón como un solo fuego ardían en sus ojos. Entonces Nai-Fe abría sus blancos brazos y quería acercarse al emperador para que estrechándose contra él por fin pudiera depositar su soñadora cabeza sobre el pecho de su señor. Pero no pudo acercarse y no cupo en su cercanía.

Aquellas enormes montañas y brillantes peñascales se interponían en su camino. Los fascinantes jardines, las adorables hadas y los terribles dragones de cabezas flamígeras estaban bordados con tanto amor y arte que un enorme bosque de sueños separaba a la emperatriz de su emperador, y Nai-Fe no pudo alcanzar a su señor. Entonces lágrimas se deslizaron por las mejillas del emperador y así exclamó:

–– ¡No quiero llevar esta bata!

Y Nai-Fe así le contestó afligida:

–– Elige, mi señor, Ming-Huang, entre dos cosas. Si te quitas la bata, puedes tenerme en tus brazos, pero mi alma ha de estar lejos de ti. Si te cubres con la bata, estarás inaccesible para mi cuerpo, y no podré estrecharme contra ti. Sin embargo, con mi mirada el anhelo de mi alma se posará constantemente sobre ti. Elige, emperador Ming-Huang, pero piensa en nuestro juramento en aquélla de las siete noches y en nuestras conversaciones secretas de las cuales nadie sabe nada.

El emperador Ming-Huang eligió llevar la bata de los sueños. Desde entonces nunca nadie le ha visto a solas con su mujer que era tan bella como la luna del mayo. Sólo cuando se cubría con la bata bordada, sólo entonces se podía ver a Nai-Fe también. Le seguía a distancia, pero con su mirada el anhelo de su alma se posaba en el emperador.


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