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Alaine Polcz

Una mujer en el frente

Traducción de Éva Cserháti

Título original: Asszony a fronton
Jelenkor • Pécs, 1991

Mé casé con János el 27 de marzo de 1944 (en el cuarto año de la guerra) en la iglesia de la calle Farkas.

¿Conoces aquella iglesia de estilo gótico grave con un interior de estilo protestante, austero? Yo iba al instituto de al lado, al Colegio Protestante de Señoritas, allí me confirmé, y allí recitaba poemas en fiestas mayores.

Nos casó el obispo; estuvo János Székely, mi profesor de catequesis, también él vestido de manteo, y mi padrino, Ferenc Deák, el pastor protestante de Hídelve. Mis compañeros de clase en uniforme me hicieron un paseo, y también habían venido todos mis profesores.

Antes de la boda me tomaban el pelo diciéndome que había que recitar el texto en latín, y que estaría allí Erzsike Kovács, mi profesora de latín. Sí, estuvo allí, y cuando me felicitó, me dio un abrazo y me susurró al oído: “Desde ahora podemos tutearnos.”

Estos son mis más bonitos recuerdos de la boda.

Por lo demás: muchísima gente. ¿Cómo podía aguantar con una sola mano la cola, el velo, el ramo y el brazo de mi novio? No podía dar ni un paso si no levantaba un poco el traje y el velo, porque se enganchaban en la moqueta de fibra de coco. Camino de la iglesia el padrino de bodas, elegido por János, me cortejaba apasionado -yo no lo entendía- y me dio un consejo: “La primera noche no se debe hacer nada, estaréis muy cansados, chicos, no lo estropeéis.”

El obispo hablaba demasiado, yo era incapaz de seguir el discurso, me cansaba estar de pie, y las luces de magnesio producían continuos destellos (nos sacaban fotos), no podía contenerme y no dar respingos.

János aburrido se apoyó en un pie, y el otro lo puso fuera (el obispo lo notó, y eso me produjo mucha vergüenza). Se acabó. Esperaba que él me dirigiera una palabra, un gesto, pero no; miraba en otra dirección. Todo eso me agotaba de alguna manera por dentro, no me acuerdo si de camino a casa cambiamos algunas palabras o no, y lo cierto es que estábamos adormecidos, nos costó mucho llegar hasta el coche, estábamos rodeados por toda la gente.

Después vino la cena nupcial: el novio y la novia sentados en la cabecera de la mesa. Mientras los demás comían en porcelana, nos pusieron los platos de plata. Mientras ellos comían en plata, nos pusieron los de oro. Primero me traían a mí las fuentes, servía algo en el plato de “mi señor”, después en el mío. (Entonces se las llevaban al obispo y después a mi madre.) Erzsi, nuestra sirvienta transilvana, –fuimos novias al mismo tiempo, y esperábamos juntas las cartas del frente, pero su pareja falleció– se dirigió a mí susurrando: “Debería comer menos”. Y luego me dijo más enfadada: “Mi señora también dice que no coma tanto”. Sólo al final de la cena llegué a entender que no era correcto comer tanto. Es una lástima que no les preguntara nunca el porqué.

Mis hermanos, compañeros y amigas se divertían en la mesa del centro. Yo me aburría como una ostra en la mesa principal, pero mi madre no me dejaba sentarme con ellos; creo que los demás sufrían igual que yo.

¿O tal vez lo pasaban bien? ¡Qué sé yo!

Desde las primeras horas de la mañana nos invadieron los telegramas, las flores y los regalos. Mi padre entonces era fiscal municipal de la comarca, y pensaba que llegaría a ser magistrado, por eso todos pretendían ser agradables; lo habitual en estos casos.

Odio estar sentada con la tripa llena. Por fin nos pusimos de pie, después de una espera infinita. Con un poco de café me recuperé, y pude estar con los jóvenes; vi mi gato, al que lamenté dejar allí, pero János no me permitió llevarmelo al nuevo piso.

Me habría gustado matricularme en la universidad, quería ser médica, pero János tampoco me lo permitió. Me resigné porque le quería mucho. Nos conocimos cuando tenía catorce años, era mi primer amor, y el primero que me había besado. Me pidió que aprendiera a escribir a máquina para poder pasar sus manuscritos. (Era licenciado en Económicas, y prentendía ser escritor. Sirvió cuatro años en el frente, mientras yo estudiaba en el liceo y terminaba el bachillerato). Aprendía a escribir a máquina, pero detestaba la mecanografía, siempre me invadía la ansiedad mientras hacía la escala a diez dedos a ciegas.

Justo cuando empezaba a sentirme mejor, me llevaron a mi habitación de soltera; János me quitó el velo y la corona, se los entregó a mi madre, le dio las gracias por mí, o por la cena, o por la boda en total. Mi madre me encomendó a él, le pidió que me cuidara, y entonces nos fuimos. Sólo años más tarde me enteré de que entonces mi madre se puso a llorar, no pudo parar, le entró un malestar y no volvió con los invitados.

Mi piso nuevo estaba en el entresuelo de un chalet, enfrente de la casa familiar y del jardín de mi madre. Sólo teníamos que cruzar la estrecha calle adoquinada que corría montaña arriba. ¿Tal vez habría querido que me llevara en sus brazos? ¿O tal vez lo hizo pero ahora ya no puedo recordarlo? ¿Cómo entramos en el piso? ¿Qué me decía? ¿Me desnudaba él o me desnudaba yo misma? No puedo recordar nada. Simplemente no tengo recuerdos de la primera noche. (Si creemos a Freud, debía tener buenos motivos para olvidarla.) Sólo me quedó grabado un pormenor. Durante la noche o por la mañana, él, acostado a mi lado con la rodilla doblada me puso una pierna encima, y eso me hizo sentir bien. Todos conocemos el gesto: así se acurrucan los niños en el regazo de la madre.

Bien sabes que hoy en día no tengo ningún complejo en cuanto a la sexualidad. Podría contarte lo que pasó en el argot de la medicina o de la psicología, o tal vez en un tono socarrón o frívolo, o a carcajadas, pero no tengo nada que decirte. Me dolió. Me dolió durante días, incluso al sentarme.

Tenía sueño y estaba cansada. Por la mañana me sorprendió cómo no había adivinado que sólo debía abrir las piernas. Ahora ya sé que no “se debe”, sólo se suele, pero entonces pensaba que lo que había aprendido anoche era cierto y no podía ser de otra manera.

Parece que entonces tenía muy buen apetito, al despertarnos, me entró tal hambre que inmediatamente me puse una bata bonita que llegaba hasta el suelo y que me habían regalado a propósito para esta ocasión y me fui corriendo a casa de mis padres para buscar comida. Me recibieron con gran estupefacción: “¿Y tú, por qué has venido a casa? Vuelve enseguida, ahora te llevará algo Erzsi.”

Fuimos aprisa a la ciudad para registrarnos con mi nombre nuevo, y para tomar el tren expreso hacia Budapest. János no esperó a que yo terminara de vestirme, se marchó antes.

Cuando me senté en la bañera, de repente se puso en marcha la ducha, y el pelo se me quedó hecho una sopa. Trotaba hacia la ciudad pero pasé por casa de mi madre para despedirme. Otra vez me recibieron estupefactos. Parece que en estas ocasiones uno debería desaparecer sonrojado, pero yo no tenía ninguna sensibilidad para ello, o ¡vete a saber! Estaban enfadados incluso por el pelo mojado.

En el autobús no pude sacar el billete porque no tenía ni un duro en el monedero. (Me regalaron mil florines como regalo de boda, “para alfileres”, pero yo no quería tocarlos; había pensado darle una sorpresa a János, y se los di a él; así, hacía algunos días que andaba ya sin dinero, y me daba vergüenza pedírselo a mi madre.)

Me sentía muy incómoda por lo qué pasaría con el billete pero el cobrador de autobús me pidió sonriente que lo aceptara de él como regalo, porque sabía que mi boda fue el día anterior. Me puse muy contenta. Sin embargo, János me regañó al bajarme del autobús.

Estaba enfadado por mi pelo mojado, por las maletas, y por alguna cosa más que ya no recuerdo. Sus ojos verdes grisáceos se ensombrecieron, y como tenía la barba muy fuerte, la cara parecía de color azul oscuro aunque estuviera recién afeitada.

¡Viajamos en primera clase a la lejana y maravillosa Budapest! (Es gracioso ¿no? Pero tú no sabes lo que significa Pest y Hungría en Kolozsvár.) No recuerdo nada del camino. Una vez en Pest, en la estación de ferrocarril –no sé en cuál–, estaba yo parada entre los raíles y de repente sentía un dolor fuerte en el corazón, simplemente me dolía porque estaba muy triste.

Entonces se me acercó nuestro padrino de bodas, el que me cortejó en el coche de camino a la iglesia, y me dijo que estaba preciosa, y que mi traje de viaje era muy mono, y que él sabía que viajaríamos en el mismo tren pero no quería molestarnos. Luego hizo comentarios con doble sentido, y continuó elogiándome.

El Hotel Carlton, la suite que daba al Danubio. Fue la primera vez en mi vida que me alojaba en un hotel. Cuando comíamos en la habitación entraban una mesa con ruedas, y el camarero se quedaba allí todo el tiempo cambiándonos los platos. El dormitorio y el salón estaban separados. No tengo más recuerdos.

Estaba sorpendida: en otro momento seguramente habría disfrutado.

Por las noches sonaba la alarma aérea. Una vez se estremeció todo el edifio. El Hotel Ritz fue partido en dos por una bomba.

Tampoco está ya el Carlton. La línea de hoteles fue reducida a escombros por los bombardeos.

Dábamos vueltas por la ciudad. A veces me dejaba sola. Me decía que tenía una reunión. Me parecía normal aunque estuvieramos de luna de miel.

Deambulaba por la orilla del Danubio o dormía. Sólo me apetecía dormir, tenía un sueño insoportable y estaba cansada. Tal vez estábamos juntos mucho tiempo por las noches, y claro, además no cesaban las alarmas aéreas.

Después fuimos a Csákvár, a Majk y Eger.

(Diez años más tarde con Miklós me alojé en el mismo hotel y en la misma habitación.)

En Eger nos enfadamos una vez, y me dejó plantada en medio de la calle. Me enteré el mismo día que había hecho una donación de 500 florines al instituto donde cursó sus estudios, y a mí no me dijo nada. Me dolió mucho que no me lo hubiese dicho. Porque yo me hubiese alegrado mucho. Llegué a saber por la conversación que tuvo con su profesor de la orden que el día anterior le había entregado el dinero. Se lo dio de mis mil florines. (Una cantidad que entonces equivalía a un sueldo de seis meses.)

Aparte de eso, no tengo otros recuerdos de Eger, sólo de la ciudad. Pensábamos hacer una parada en Pest camino a casa. Pero supimos por los periódicos que estaban organizando los guetos. No podíamos creernos que lo hicieran, y aunque en Budapest lo organizaran, seguro, pensábamos, que en Transilvania no; nos parecía imposible. Sin embargo, emprendimos inmediatamente el camino de vuelta.

En Transilvania fuimos los únicos cristianos en todo el edificio de nuestra casa. Los que vivían en el piso de arriba eran amigos muy queridos, y como había escasez de pisos nos dejaron las habitaciones de la planta baja; vivían hacinados porque tenían miedo. Les ayudábamos en algunos asuntos aunque estuviera prohibido, y a cambio ellos consiguieron trabajo e ingresos extras para János que entonces trabajaba en la editorial Helikon. Ese trabajo lo había conseguido de la misma manera, gracias a nuestros amigos judíos, es decir, gracias a mis amigos. La mujer de Laci Kovács, la lista y decidida Sulika, la verdadera directora de las editoriales Helikon y Szépmíves Céh era judía, por eso no dudamos en volver corriendo a casa.

La ocupación alemana.

Una noche iba a casa y tenía que cruzar el parque de la ciudad; debajo de la hilera de las castañas seculares había tanques alemanes listos para disparar. A su lado soldados alemanes inmóviles. En la oscuridad de los árboles y de la alarma antiaérea sólo brillaba el rojo de los cigarillos encendidos. Como si hubiera oído su respiración… Una mujer pasa por los tanques en la oscuridad, y los soldados la miran inmóviles, silenciosos. Tenía miedo, pero no por mí misma, no era yo quien estaba en juego. Fue extraño que durante todo el largo camino no se oyese ni un chis ni un movimiento. Esta imagen aún me persigue. Fue entonces cuando comencé a tener miedo de los soldados alemanes.

Horror y desconcierto por todos lados.

Cuando nos casamos, los judíos ya tenían que llevar la estrella amarilla. Mi amiga Böske Horváth no quería venir a la boda; me dijo que no entraba en iglesias protestantes, y la muy tonta de mí le hice un reproche porque yo sí que había ido con ella a la sinagoga voluntariamente. Tampoco vino la chica, Margitka, de la que mi hermano estaba enamorado, pero no me llamó la atención porque sólo la veía fuera de casa. Ferkó Dõry, cuando supo que tenía que llevar la estrella, se echó a llorar amargamente, y no salía de casa. Pista Kovács tuvo que traerlo en taxi, tal como estaba en chaqueta de casa, y juró que mataría a cualquiera que pidiera los documentos de su amigo. Todo eso formaba parte del ambiente de los pimeros días de mi matrimonio, y nos invadieron los recuerdos al volver rápidamente de Pest.

El día siguiente de llegar a casa se llevaron de nuestra calle a Imre Kádár y a su mujer. János se fue corriendo a la escuela a recoger a la hija, Anna, para que no volviera a casa; y se la llevó a casa de Sulika. De allí la llevaron a refugiarse en el campo. Se salvó. Sin embargo, entre tanto Jánoska, el hijo, volvió a casa y vino a buscar a Anna, en vano le dije yo que se quedara; se fue. Él no se salvó.

No tengo otro recuerdo de esos días, sólo que esperábamos junto con los Sebõk, que vivían en la misma casa, cuándo viniesen por ellos. Fue horrible. Naturalmente no esperábamos impotentes, sino que conseguimos que admitieran a Péter, el hijo de Sebõk, para la brigada de trabajo. Rápidamente, en pocas horas tuvimos que prepararle el equipo militar; mi hermana Irénke le quitó el gorro militar de la cabeza a su novio, que por eso sufriría cárcel. No entiendo por qué lo hizo Irénke puesto que ella era la única antisemita de la familia. Las botas de mi hermano Egon le quedaban un poco grandes a Péter, quien, muy agradecido, las devolvió después de la guerra.

Mientras tanto, corríamos de un punto a otro con maletas, con ropa de abrigo, con medicamentos, con documentos falsos y certificados médicos igualmente falsificados. Ayudábamos a encerrar gente en manicomios, etc. Los demás hacían lo mismo, no había otra cosa en aquellos días, sólo eso.

János se comportaba de maravilla. No sólo conmigo, sino con todos. Ayudaba sin preguntar, no tenía miedo y no esparaba agradecimientos. Aparte de eso, estaba callado.

Yo tampoco me enteré de muchas cosas.

La Gestapo iba de noche por los judíos más importantes y más ricos. Mi hermano mayor Egon trabajaba en la alcaldía. Allí se solicitaban los coches. Por eso sabíamos con anterioridad cuándo vendrían y por quién. Yo le daba el mensaje a Böske Horváth, y ella se lo decía a los afectados que entonces no dormían en casa.

La familia de Böske Horváth nos trajo las joyas y los demás valores que tenían.

Ferkó Dõry se salvó, se alistó como soldado al ejército.

A Margitka, el amor de Egon, se la llevaron. En un carro de basura.


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