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Fútbol y letras
László Darvasi

La pregunta
¿Cuál fue la profesión del escritor Géza Csáth, cuyos cuentos acaba de publicar la Editorial Nadír?
Fue médico de balnearios y se dedicaba a investigaciones psicoanalíticas.
Fue periodista, ensayista y poeta.
Fue un morfinómano perdido y nunca tuvo una profesión seria.
Respuesta

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Géza Csáth

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Reivindicando a los muertos

István Szilágyi

1938–

Siempre habrá algún autor al que resulte imposible describir, que no siga ningún movimiento concreto: ese escritor único cuyos trabajos no se pueden reducir a ser incluidos en un género o estilo determinado. Tal es el caso de István Szilágyi.

Uno de los papeles de la crítica literaria es situar a los autores y a sus obras en un espacio temporal definido para proporcionar al lector un escenario rodeado del atrezo de un movimiento literario adecuado en el que los autores deben —hasta cierto punto— estar incluidos. En general, no sólo es útil, sino también bastante necesario para considerar una obra literaria como un reflejo de las influencias históricas, personales y sociales. Aún así, siempre habrá algún autor al que resulte imposible describir, que no siga ningún movimiento concreto: ese escritor único cuyos trabajos no se pueden reducir a ser incluidos en un género o estilo determinado. Tal es el caso de István Szilágyi.

Es bastante interesante que, los tumultuosos acontecimientos que moldearon, y definieron gran parte de la infancia de István Szilágyi no sirvan de inspiración directa a sus novelas, y reciban sólo una o dos referencias de soslayo en algunos de sus relatos. Nacido en 1938, en Kolozsvár (Cluj), una ciudad importante en la región de Transilvania de la actual Rumania, Szilágyi conoció muy poca paz o estabilidad antes de la Segunda Guerra Mundial que no sólo se llevó a su padre, sino que también significó que los casi dos millones de húngaros que vivían en Transilvania pasaran a ser a partir de entonces ciudadanos de Rumania. Como viuda de guerra, la pobreza obligó a la madre de István Szilágyi a trasladarse con su familia de casa de un pariente a otro a través de las demolidas ciudades del este de Transilvania que tradicionalmente habían sido baluartes de la cultura húngara, tales como Zilah (Zalau), Nagyvárad (Oradea)y Szatmár (Satu Mare). En 1956, el año en el que István Szilágyi terminó el instituto en Szatmár, los brutales esfuerzos de Nicolae Ceausescu por asimilar a los húngaros habían reducido enormemente las oportunidades de educación para aquellos cuya lengua materna no fuera el rumano; quizás esto explica por qué Szilágyi primero se convirtió en artesano del metal. En 1958, sin embargo, fue aceptado por la Universidad de Kolozsvár para estudiar derecho, un título que acabó en rumano.

Si bien Szilágyi nunca ejerció realmente como abogado, ir a la universidad en Kolozsvár le situó en medio de un floreciente movimiento literario encabezado por revistas literarias húngaras como Utunk (Nuestro camino), en la que Szilágyi publicó por primera vez sus relatos. Tras pasar a formar parte de la plantilla de Utunk en 1963, se publicaron entre 1964 y 1971 un total de tres colecciones de relatos y la primera novela del autor. (Utunk fue rebautizada más tarde como Helikon, y desde 1990 hasta hoy, Szilágyi ha sido su editor jefe. Como consecuencia de ello, la obra del autor incluye también una amplia variedad de artículos periodísticos). A pesar de que su dominio del lenguaje atrajo la atención y el apoyo de los críticos desde el principio, Szilágyi logró el definitivo reconocimiento internacional en 1975, con la publicación de su extraordinaria novela, Kõ hull apadó kútba (La piedra que llena el pozo).

La piedra que llena el pozo

Costó casi una década y numerosos manuscritos abandonados antes de que István Szilágyi consiguiera acabar esta novela, que abarca cerca de 500 páginas, y que gira en torno al destino de Ilka Szendy, una mujer joven, independiente y rica que desprecia la sociedad en la que vive. Situada a finales del siglo XIX en Jajdon, un nombre que contiene la exclamación húngara para expresar sorpresa y dolor, “jaj”, la novela empieza justo después de que Ilka ha asesinado a su amante casado, Dénes Gönczi, el pobre trabajador del viñedo, cuyo cuerpo ella esconde en su jardín, en el fondo de un pozo abandonado.

Hasta aquí, los lectores esperarían un trabajo que se pareciera a un cruce entre Crimen y castigo y Madame Bovary, al mostrar un personaje corrompido por su crimen y atrapado en su situación como mujer. Pero en su lugar lo que el lector encuentra es una novela que cambia, se mueve entre y dentro del tiempo, la memoria y la narración, resultando un trabajo que se parece poco a una novela del siglo XIX. Cuando ella obsesivamente llena de piedras el pozo de su jardín, el lector se da cuenta de que la figura de Ilka Szendy silenciosamente furiosa, peligrosamente inteligente y en última instancia trágica debe más a Electra o Antígona que a Madame Bovary. Igualmente, el narrador omnisciente y omnipresente de István Szilágyi (quien con frecuencia interrumpe la narración con largas reflexiones filosóficas) difícilmente es el narrador tradicional de las novelas del siglo XIX. Su identidad, o incluso su sexo, son poco claros; él o ella parece ser alguien perteneciente a una generación futura de habitantes de Jajdon. Así, el aparentemente tradicional uso por parte de Szilágyi de un narrador omnisciente añade una emocionante capa de tensión a la lucha de Ilka para enfrentarse con las cargas de su pasado: sólo una generación futura puede narrar la verdad, mucho después de que la singular sociedad de Jajdon se haya desmoronado hasta convertirse en polvo. Al mismo tiempo, revelar esta verdad también sirve para resucitar la jerarquía de secretos y mentiras que mantienen prisionera a Ilka Szendy. Al final, el hecho de que Ilka Szendy nunca conozca totalmente el alcance de los pecados de la familia Szendy la conduce a una muerte violenta; aunque, al relatar la verdad, sólo el autor consigue llevar toda esta historia intrincada a buen puerto.

El hermoso retrato de István Szilágyi es más minucioso cuando transmite las jerárquicas relaciones que conectan al campesino con el artesano, al aprendiz con el maestro, y al hijo con el padre, lo que da como resultado la estructura aparentemente invencible que es Jajdon. De hecho, La piedra que llena el pozo bien podría ser clasificada como un manual de sociología de la sociedad húngara de finales del siglo XIX si no fuera por su uso del lenguaje altamente simbólico.

Desde su primera aparición en 1975, La piedra que llena el pozo ha visto al menos cinco ediciones, además de haber sido traducida al alemán, rumano, polaco y eslovaco. Hoy se puede afirmar que la novela ha sido elevada a la categoría de clásico, del mismo modo críticos y lectores encuentran que este retrato de la sociedad del siglo XIX mantiene aún su frescura y modernidad. Una novela histórica que retrata la decadencia de una época a través de la desintegración de una gran familia, esta novela es una elegía a una época y a un lugar ya pasados y que han desaparecido, así como también una balada, acerca de unos amantes condenados a un destino fatal, o incluso un misterioso asesinato.

Edad de Cuervo

No es fácil para un escritor repetir la clase de éxito que todavía envuelve a La piedra que llena el pozo. De hecho, la siguiente novela de Szilágyi, Agancsbozót (Mata de cuernos, 1990), supuso una cierta decepción para los lectores que habían pasado quince años esperando otra Ilka Szendy. En ese momento, parecía como si István Szilágyi fuera a pasar a la historia como un autor con un único y verdaderamente gran libro en su haber. Entonces, en 2001, apareció Hollóidõ (Edad de Cuervo), una novela que no sólo hizo que su autor ganara el premio más prestigioso que se concede a los artistas en Hungría, el premio Kossuth, sino también el reconocimiento internacional al ser una obra recomendada por el Centro de Información de la UNESCO sobre Traducción Literaria.

Ambientada a finales del siglo XVI, Edad de Cuervo nos transporta a la vida en otra ciudad imaginaria llamada Revek, situada en el sur de Hungría y dominada por las fuerzas turcas del Imperio Otomano. El protagonista es un joven cuyo verdadero nombre no se conoce nunca; al lector sólo se le cuenta que llegó a la casa del Pastor Lukács Terebi en circunstancias misteriosas, como huérfano y casi, con toda seguridad un bastardo. Al comienzo de la novela se le conoce como “el estudiante”, pero más adelante, madura hasta convertirse en el Escribano, un proceso que constituye uno de los temas principales de Edad de Cuervo: ¿es posible para un intelectual influir no sólo en su entorno sino también en el curso de la historia?

La lucha del estudiante por convertirse en un culto, libre pensador capaz de salvar Revek y a sus habitantes del acoso de los turcos no es tarea fácil. Ante todo, debe descubrir la verdad sobre sus orígenes, un misterio que atrapa al lector a través de este volumen de 500 páginas. Los habitantes de Revek han vivido tanto tiempo bajo la ocupación turca que han olvidado lo que significa pensar con libertad. Mientras un enigmático profesor de Revek Maestro Fortuna, amargamente afirma:

“No tenéis ni idea de lo que significa pertenecer a algún lugar. Lo que es peor, ni siquiera necesitáis saber lo que significa —no es la ausencia de un dolor punzante en vuestro hígado. Simplemente pertenecéis. La guardia se alinea enfrente del palacio formando una fila azul, sólo por protegeros, listos para acatar cada una de vuestras órdenes. Podéis reunir vuestro propio ejército —de verdad, probablemente no sea el mejor o el más grande pero es el vuestro propio. Podéis construir una torre o una campana, sin incluso tener que pedir permiso una sola vez. Sí,¡podéis ser vuestros propios rebeldes! ¿Tenéis la más mínima idea de lo maravilloso que es poder gobernar vuestro propio país? Esto es algo que nunca entenderéis porque vosotros… tenéis que vivirlo. Yo he suplido las deficiencias los últimos años aquí y me veo obligado a admitirlo: Me conformo con mis opresores aun cuando me rebelo contra ellos”.

Cuando los soldados turcos secuestran al Pastor Terebi, al fin y al cabo es el estudiante quien triunfa en la peligrosa misión de intercambiar su libro favorito, un extraño manuscrito llamado “Una crónica del mundo”, por el Pastor Terebi. De este modo Szilágyi añade otra pincelada a su retrato de cómo la guerra erosiona primero y luego retuerce la erudición a su propia conveniencia: las capacidades intelectuales, ganadas a duras penas, del estudiante se utilizan para negociar con el enemigo, mientras un libro maravilloso se convierte en un botín para un déspota avaro.

Impaciente por el lento proceder de la diplomacia, Maestro Fortuna conduce a un grupo de soldados renegados y temibles conocidos como “los cazadores de cabezas” hasta Revek. La violencia trae más violencia, y Revek es reducida a cenizas, quedando un grupo de antiguos estudiantes de Maestro Fortuna como únicos supervivientes. En este momento la narración —caracterizada por la misma clase de narrador omnisciente y miradas al pasado vistos en La piedra que llena el pozo— se interrumpe. Los personajes han sido abandonados; mientras escapan de Revek a caballo, no hay ninguna voz tranquila que los guíe hacia el final de su historia, sólo las ordenes crípticas de Maestro Fortuna y el conocimiento que éste les inculcó en su clase. Uno de los chicos reanuda la narración, relatando cómo se convirtieron en soldados luchando por un hogar que ya no existiría nunca más. Cuando este chico lleva al lector desde la vida de una guarnición del siglo XVI hasta el campo de batalla donde una generación entera se pierde o queda marcada para siempre, de repente se ve con claridad que, sí, un sabio puede cambiar el curso de las vidas y alterar la historia. ¿Pero realmente vale la pena el precio que ha de pagar?

Edad de Cuervo es una angustiosa descripción de la guerra y la psicología de la ocupación, un retrato del paso de un joven a la edad adulta, el lento desarrollo de un estudiante a un sabio, una apasionante historia de espías e intriga, un tratado filosófico del pensamiento religioso del siglo XVI y una representación increíblemente detallada de una sociedad desaparecida hace mucho que, de algún modo, todavía al lector actual le resulta familiar.

Maya J. LoBello

Cortesía de www.hlo.hu


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