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Plano del Ayuntamiento de Kecskemét
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El maestro del modernismo húngaro

Ödön Lechner

1845–1914

“El lenguaje húngaro de las formas no ha existido, sino que existirá”.

Nació cuando Hungría todavía era la parte más atrasada del Imperio de los Habsburgo, cuya aristocracia, nobleza y burguesía intentaban cambiar la situación económica, política y cultural avanzando paso a paso en todos los campos. Al comienzo de su carrera se firmó el Compromiso Austrohúngaro de 1867, y con ello se hizo posible una cierta autonomía. El país aprovechó la oportunidad, y llegó la época de los cambios extraordinarios. Descubrir los valores del pasado y del futuro, conocerlos y divulgarlos formó parte del proceso; del mismo modo que la creación de una nueva institución democrática y la capitalización dentro del feudalismo. Los principios de la obra de Lechner, que estudió en Budapest y Berlín, tuvieron su inspiración en Francia; viajó además a Italia y a Gran Bretaña. Fueron dos décadas de fin de siglo que coincidieron con el esplendor del país, y con la creación del “lenguaje” propio de la nación, que emergía del pasado y quería comunicarse con el mundo.

La mayoría de las grandes obras de Ödön Lechner fueron realizadas por encargo de entidades públicas, obteniendo la licitación mediante convocatorias públicas. Su peculiar arquitectura dio un sentido simbólico a los centros urbanos y a los ayuntamientos de las ciudades, que acababan de recobrar sus derechos municipales y se renovaban por todo el país. Sus edificios no tenían una ubicación central, pero fueron de destacada importancia en los planes de desarrollo urbanístico de Budapest, una ciudad compleja respecto a sus minorías y religiones, que había nacido de la unión de tres ciudades históricas. Eran importantes por su finalidad singular y, sobre todo, por su estilo.

Lechner, que consideraba la arquitectura un fenómeno vital de la nación, demostró la capacidad vital de la cultura húngara con el sistema plástico que aplicó en sus edificios, con el material específico del mismo (la cerámica) y con la riqueza de los motivos del arte popular, con sus colores y origen oriental, y además con una nueva concepción del espacio. Unió la arquitectura, la escultura y las artes industriales y ornamentales con la artesanía y la práctica cultural del campo, eliminando su orden jerárquico, y vio la totalidad del edificio (todos los rincones y mobiliario de su interior e exterior) como una unidad, empleando sus conocimientos de ingeniería. “Con el cambio de las estructuras –con el uso del hierro, el vidrio y el pirogranito– nació un nuevo estilo de arquitectura que podía darle al espacio las formas más diversas” –escribió. Creó que “el lenguaje húngaro de las formas no ha existido, sino que existirá”, como confirmó en el título de uno de sus artículos.

Con la formación particular de los elementos del arte folclórico, rico en motivos florales, animales y colores, empleados en cerámica, hierro y madera, Lechner transmitió la singularidad y la vitalidad de la cultura rural, y encontró en su ornamentación vital la posibilidad de un estilo arquitectónico nacional orientalizante. Las leyendas y las investigaciones de la época sobre los motivos del arte popular llaman la atención sobre el hecho de que la arquitectura húngara pudiese justificar su parentesco cercano con la oriental, y de que el pueblo nómada que había llegado a Europa en la época de las grandes migraciones tuviese monumentos arquitectónicos originales. Uno de los puntos de partida de Lechner fue la visión del mundo y el conocimiento que encontró en el arte rural, creador de formas planas y plásticas, dado que confió en la posibilidad de su desarrollo posterior. Otro punto de partida fue la historia de la arquitectura europea, sus tradiciones iconográficas y sus nuevos conocimientos de ingeniería. Los dos puntos de partida tuvieron un papel importante en sus edificios, tanto en los de funciones nuevas como tradicionales, porque estaban presentes en cada una de las dimensiones.

Katalin Keserü


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