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Fútbol y letras
László Darvasi

La pregunta
¿Cuál fue la profesión del escritor Géza Csáth, cuyos cuentos acaba de publicar la Editorial Nadír?
Fue médico de balnearios y se dedicaba a investigaciones psicoanalíticas.
Fue periodista, ensayista y poeta.
Fue un morfinómano perdido y nunca tuvo una profesión seria.
Respuesta

La lectura del mes
Géza Csáth

Balassi Institute
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Rincones literarios
El restaurante de la literatura húngara

Éva Cserháti
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Restaurante en Hüvösvölgy en 1911
Restaurante en Hüvösvölgy en 1911

Algunas grandes obras hablan sobre los secretos del comer y sobre las materias que circulan en nuestro organismo, en cambio se callan que desgraciadamente escribir y comer son incompatibles. En ayunas se puede escribir y pensar, pero la abundancia de sangre en el bajo vientre sólo favorece el filosofar. La obra completa de autores serios puede ser definida como el tiempo que pasa desde levantarse hasta la primera comida, es decir, la atención enfocada en el mundo, el estar inmerso en la existencia, o más exactamente, la metáfora del hambre cada vez más acuciante.

La literatura mundial se entiende como la descripción del hambre.

(Zoltán Kõrösi)


El huésped

“En grandes líneas entendemos bajo el concepto de “huésped” la persona o el grupo de personas que a base y con el pretexto de un acuerdo previo, llamado “invitación” se presentan en casa del anfitrión, en la mayoría de los casos a la hora de comer, donde consumen comidas y bebidas, y después continúan permaneciendo un tiempo considerable en la casa para evitar la apariencia de haber venido sólo con el propósito de comer”.

(Frigyes Karinthy: Servir huéspedes – Ser huéspedes)

Primer plato: Sopa de carne con verduras

“Llega la fiesta del cuerpo, la preciosa oración del estómago. A Jocó le encanta sobre todo el momento cuando la sopa de carne está en el recipiente, y es precioso observar como las manchas de grasa se deslizan una encima de la otra, bailan vals, mientras el caldo echa humos abundantemente. En un recipiente de barro vidriado están las verduras separadas: la zanahoria y la chirivía cortadas en tiras, el apio y las patatas en tubérculos, las hojas de perejil hechas un bultito, la col tan cocida que se deshace, igual que la pella de la coliflor y la cabeza de cebolla con incisiones en la superficie. En un plato la caña de vaca y a su lado en una cesta tapada los tostados tibios. Por supuesto, el tuétano nunca sale con tanta facilidad como el Simbád de Krúdy…”.

(Krisztián Grecsó: Escuela de baile)

Segundo plato: Pasta con requesón

“Cuando los demás oyen la receta de mi comida favorita durante un rato sonríen con benevolencia, después con incredulidad y al final con terror.

De una pasta hecha en casa se hacen láminas con requesón. Naturalmente no cuadrados, sino tiras largas, los llamados “mácsik” o “málcsik”, “málcsik con requesón” como lo dicen en la región de Vas.

Dejamos que la pasta mezclada con el requesón se toste, hasta que esté casi negra por debajo. Cuando está lista la ponemos en un plato hondo, caliente como está, y la regamos con leche fría. Se come con cuchara, racionando hábilmente los trozos de requesón que se derriten en la leche y los de la pasta más sabrosos y tostados. Al final no queda nada más que unas cucharas de leche tibia, y en su superficie las manchas de grasa que se han trasladado de la pasta.

Ya hace más de medio año que llevamos a mi madre semana tras semana a quimioterapia a la calle Kékgolyó. Su cabello ralo es blanco como la leche.

Le gustaba amasar la pasta, y durante mucho tiempo ni siquiera se le había ocurrido que en la tienda se podía comprar tal cosa, luego hace unos años de repente dijo que era más fácil y era igual de bueno como la que solía hacer en casa.

Hace mucho calor este verano que ha llegado de repente como si un mugriento trapo de cocina empujara hacia abajo el cielo estrecho.

El asfalto podrido se derrite, la pasta tostada echa humos hasta que por la noche no la rieguen con su luz blanca las farolas”.

(Zoltán Kõrösi: La piel del pollo empanado )

Postre: Fresas con nata agria

“El modo de preparación puede ser que se sobrepone una capa de fresas, una de azúcar y una de nata agria, y sólo apenas se machaca la fruta. Hay unos que dejan la fruta intacta, y la riegan con la nata agria para que se infiltre hasta el fondo, diluya el azúcar y estraiga el zumo de la fresa. Al fondo de la fuente se hace un líquido rosado, y lo más correcto es después de comerse las fresas, no acabarlo con cuchara, sino bebérselo. Eso es el final perfecto de la merienda.

Los herejes meten la fresa con nata agria en la nevera y, contra naturaleza, la dejan enfriarse. Hay que protestar contra tales medidas con suma rotundidad. Bajo un cierto grado la fruta pierde el sabor como el vino. La medida exacta es la temperatura de sótano, o –lo que viene a ser lo mismo–, hay que bajar la fuente, en realidad lo ideal es la de barro, de metal la debemos descartar, al pozo y guardarla allí unas horas. Lo mejor es preparar las fresas recién recogidas a primera hora sobre las diez de la mañana y guardarlas en un lugar fresco hasta las tres, tres y media de la tarde. Es que la hora clásica de tomar las fresas con nata agria, es cuando el calor de mediodía ya ha bajado y el aire se vuelve menos cargado, es decir, a las tres y media.

(Béla Hamvas: La merienda del buen Dios)

Menu del poeta

“Oh, si yo fuera poeta dedicaría mi poema más hermoso a la sopa de harina tostada. Harina ligeramente tostada en aceite, comino, agua de fuente y sal. Si le pongo trozos de pan y después me como dos manzanas, estaré sano. Además escribiría una oda al arroz con leche. Con manzanas en almíbar y almendras. La infusión me la hago de tomillo y poleo. Hay que tomarlo con pan frito en aceite untado de cebolla. El pan de miel y mantequilla tampoco está mal. El invierno es más difícil. Hay que comer judías, carne, zanahoria, patata”.

(Béla Hamvas: Reloj de fruta)

Menu para turistas

“La abuela ayer no se atrevió salir de la cocina; del día anterior sobraron cinco claras de huevo y si no los tenía a la vista, Szlamenka se apropiaría de ellos. A las ocho de la mañana tomaron aguardiente de ciruela con buñuelos de pan y con las chuletas de cerdo que habían sobrado de ayer; a las ocho y media bebieron suero recién hervido con pasta hecha con suero de mantequilla. A las nueve y media entraron el bocadillo de media mañana que el abuelo mandó servir en el jardín, y se lo comió en la débil luz matutina, en panamá y pantalones estrechos. Había hígado de ganso cocido, trozos de hígado blancos que estaban diciendo cómeme en la gelatina, con pan tostado y pimiento en vinagre. Frito hubiera cundido más, pero con Szlamenka no se podía. Hacía el sordo. […] A las diez y media a los señores se les sirvió cerveza con anillos de anchoa y guisado de ternera rodeado con tiras de pimiento. Fue acompañado con pan fresco, caliente, que Mamzell entró a los oficiales. Le había clavado una aguja de media en la que ondeaba una minúscula bandera francesa. A las once ya sólo se tomaba un vaso del líquido de pepino con eneldo, porque por una parte refrescaba, por otra preparaba bien el estómago; después –hasta que las campanas tocaran el mediodía– hubo un descanso, pausa, picoteo de tocino. A las doce se sirvió el almuerzo, pero para entonces los franceses ya se habían ahítado, y se quedaron en su habitación, tambaleando pálidos alrededor del lavabo, y cuando las nauseas remitían bebían agua a cántaros. Según la abuela la culpa fue de Szlamenka que había robado el pimentón rojo, y por eso el guisado fue preparado con pimiento de cerecilla que era veneno para estómagos principiantes. Szlamenka no se dejó intimidar. Contestó gritando –con la voz áspera como si hubiera comido papel de lija–, que había sido un error servir las chuletas de ayer, que ella había querido hacer carne con rábano picante que al menos hubiera sido fresca. Y si los franceses se morían, ¿quién tendría la culpa? Hubiera sido mejor no ser tan tacaños…”.

(István Örkény: Invitados)

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