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László Darvasi

La pregunta
¿Cuántas ciudades formaban la actual capital húngara Budapest antes de unificarse en 1873?
Dos: Buda y Pest.
Tres: Buda, Óbuda y Pest.
Siempre ha sido una única ciudad: la capital de Hungría.
Respuesta

La lectura del mes
Géza Csáth

Balassi Institute
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Rincones literarios
Tejados matutinos

Géza Ottlik
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Mi exposición se abrió a finales de agosto en una esquina de la calle Váci y, aunque los periódicos en general hablaban con reconocimiento sobre los cuadros, que yo mismo había podido escoger de entre las piezas que componían mi obra de veinticinco años, casi todos criticaban uno de mis lienzos más grandes. Reconozco que es un cuadro de discutible valor. Lo pinté cierta vez medio en broma. Representa a un hombre sentado tocando el violín, a una muchacha rubia desnuda, y junto a su pierna izquierda, a una mujer vestida sentada en el suelo y escuchando el violín. El violinista es un muchacho admirablemente guapo, y la chica también es de una belleza deslumbrante, sin embargo, los críticos se quejaban unánimemente de que irradiasen cierta “inquietante desarmonía”, y de que yo “hubiese tenido una concepción errónea sobre el tema”, según escribió uno de ellos; lo que menos entendían era por qué le había dado al cuadro el título de “Tejados matutinos”.

1956

Mi exposición se abrió a finales de agosto en una esquina de la calle Váci y, aunque los periódicos en general hablaban con reconocimiento sobre los cuadros, que yo mismo había podido escoger de entre las piezas que componían mi obra de veinticinco años, casi todos criticaban uno de mis lienzos más grandes. Reconozco que es un cuadro de discutible valor. Lo pinté cierta vez medio en broma. Representa a un hombre sentado tocando el violín, a una muchacha rubia desnuda, y junto a su pierna izquierda, a una mujer vestida sentada en el suelo y escuchando el violín. El violinista es un muchacho admirablemente guapo, y la chica también es de una belleza deslumbrante, sin embargo, los críticos se quejaban unánimemente de que irradiasen cierta “inquietante desarmonía”, y de que yo “hubiese tenido una concepción errónea sobre el tema”, según escribió uno de ellos; lo que menos entendían era por qué le había dado al cuadro el título de “Tejados matutinos”.

La verdad es que yo, en absoluto, le había dado este título. Cuando recibí la contraprueba del catálogo, el secretario señaló una línea marcada en rojo:

“77. Retrato de un hombre tocando el violín, una mujer desnuda sentada y una prostituta. 1943. Óleo sobre lienzo, 170 x 137.”

—El camarada Lõcs me manda decirle —afirmó— que este título hay que cambiarlo.

A pesar de que éste era ya el tercer título. Todo comenzó un viernes de principios de agosto, cuando me llamaron de la asociación diciéndome que les fuera a ver inmediatamente, que era un asunto importante. Querían comprar uno de mis cuadros. Silencioso, colgué el teléfono. Un minuto después volvió a sonar.

—¿Oiga? ¿Es el piso de Benedek Both? Nos han desconectado. ¿Oiga? ¿Camarada Both?

—Soy yo —dije en voz baja. Era la misma voz femenina. Me transmitió un recado. Tenían entendido que yo tenía un retrato de Péter Halász y deseaban comprarlo para la sede de la asociación.

Había leído en los periódicos la noticia de la muerte de Péter Halász aquella misma mañana. Llegó a París, con sus cuadros, la semana anterior, donde se iba a inaugurar una exposición suya, pero del avión lo llevaron directamente a una clínica, en la que ayer por la tarde falleció.

Estaba seguro de que esa llamada era sólo una tomadura de pelo, sin embargo fui allí. Si es una tomadura de pelo, pues me he dejado tomar el pelo —pensé. Pero no lo era.

Era cierto que yo tenía un viejo cuadro de Péter, de allá por 1943. Y también era cierto que ellos lo querían comprar para colgarlo en el salón de actos.

—Lamentablemente —dije— no os conviene. Es un cuadro formalista.

—Vale. —Soltaron alguna grosería. —Vale, lo compramos.

—No se vende —dije—. Es muy flojo. Y no está acabado.

—Deja de poner pegas y de hacerte rogar.

—Qué va. Insisto que tiene defectos. Es idealista. Naturalista. Demasiado fiel a la realidad: Petár está muy feo en él.

Triunfante, László Lõcs aprovechó la ocasión para pillarme. Pasando su mano derecha por encima de su cabeza se cogió la oreja izquierda para mostrarme lo tortuosa que era mi argumentación, propia de un pícaro campesino székely. Si era fiel a la realidad, no podía ser feo, porque Péter Halász era sin duda un hombre muy bello.

Según su credo artístico, la pintura consistía en que las cosas bellas tenían que representarse como bellas y no como feas, ni las feas como bellas. Yo considero —le explicaba— que la realidad no es ni bella ni fea, ni mala ni buena; es más, ni siquiera tiene sentido alguno mientras nosotros los artistas no se lo demos o le infundamos, con inspiración, visiones y la fuerza creadora de nuestro espíritu, verdad y bondad. El tema o el modelo pueden ser feos: es el cuadro el que tiene que ser bello. A mi viejo amigo B., ya muerto, le gustaba enseñar con cara de gamberro aquel magnífico lienzo suyo que representaba una gallina escarbando en el estercolero. “He quitado… el estiércol”, solía decir, pero no con esta palabra, sino llamando a aquella materia marrón amarillenta con otro nombre más vulgar.

—No, no —negaba con la cabeza—. Creéme que no os servirá. No es lo suficientemente positivo. Por lo demás, hay también otras figuras en él. Una bellísima y rica muchacha capitalista desnuda.

—¿Cómo? ¿Qué?

—Y está también Lili…

—¿Qué? ¿Cómo? Eso sí que es un problema. Es un problema.

Pensativo, se puso a golpetear la mesa.

—Pues ráscalas del cuadro —dijo finalmente.

Había pintado en el cuadro a una señorita millonaria. Una chica delgada y rubia, de la que alguna vez estuve tan enamorado que casi llegué a gritar de dolor. Recuerdo no tener ni días ni noches; las pasaba deambulando por la habitación, luego bajaba a la orilla y andaba vagando con pasos frenéticos y presurosos, como un loco, hasta llegada la madrugada. Nunca pude imaginar, ni por un instante, que un día fuese capaz de superarlo. Luego me curé con la misma rapidez; sin embargo después, cualquier rumbo que tomaran las cosas y pasara lo que pasara, cada vez que la veía en algún lugar, cada vez que me topaba con ella y la miraba, mi corazón, tac tac, comenzaba enseguida a golpear. Me hechizaba su belleza. Péter Halász era el hombre más guapo que había conocido en mi vida. Quizá por eso los retratase. Porque por mucho que breguemos con pinceles, óleos y demás durante años, por mucho que pintemos todo lo que encontremos para hacer comprender a la gente la belleza de las cosas consideradas indiferentes o directamente feas, en el fondo del corazón de cada uno de nosotros reside un camarada Lõcs, al que a veces le gustaría pintar a un hombre realmente bello.

—Que las rasques— dijo en tono definitivo. —Te compramos el cuadro por diez mil forintos. —Dijo y se levantó.

Yo también me levanté.

—¿Para qué necesitáis tanto a ese granuja? —pregunté.

Me miró escandalizado. Los demás se rieron, y no tardaron en comenzar a criticar a Péter. Que si esto que si lo otro. Era un chico simpático, pero un gran chapucero.

—Un diletante— dije.

Un gamberro muy listo pero sin escrúpulos —decían. Eso sí, no le hacía daño a nadie, pero ganaba bastante. ¡Ah, mucho más! Todos sabían alguna que otra historia sobre él. Luego pasaron a hablar sobre la esencia de la pintura.

Los dejé allí. Me aburrían. Así somos todos, nos gusta filosofar, y hablar mal de los demás pintores. Claro, no hay que tomarlo muy en serio, pero en ese momento me aburrió. Poco a poco me invadió cierto aturdimiento. Una especie de emoción, de embriaguez, de ganas de crear, una tesitura lírica. Ese mismo efecto se produce en mí siempre que se habla de mucho dinero.

Anduve a ciegas por la ciudad. Tal vez me turbase también la muerte de Petár; nuestra infancia; nuestros viejos amores. El recuerdo de noches y madrugadas de Budapest. Nuestra amistad perdida. Diez mil forintos. Aquella misma tarde fui a ver a Lili —a aquélla que tenía que rascar del cuadro.

Le conté el asunto. Estaba haciendo el equipaje. El piso estaba lleno de maletas y cajones ya vaciados; con las cosas, también las de Péter, desparramadas por las mesas, las sillas y los divanes.

—Óigame, Bebé. No las rasque— dijo Lili en tono serio, dejando incluso por un instante de hacer las maletas. —No lo toque. No lo estropee.

Me asombré. No quería rascarlo, quería pintar uno nuevo, no obstante me sorpendió la protesta rotunda de Lili. No llevaba vestido de luto, y ahora que se volvía de cara a mí, observé su rostro, sus ojos, para ver si había llorado. No había llorado. Mantenía derecha su cintura, e irradiaba tanta autodisciplina que me hubiera gustado tomarle la mano y besarla. Así era Lili. Era capaz de ser así.

—De ninguna manera estropee el cuadro —dijo—. Sería una pena. Me alegro de que haya venido a verme, Bebé.

—Es que yo no… ni se me ocurrió. Pintaré uno nuevo —dije—. Por eso he venido…

—No merece la pena —dijo la mujer de forma escueta, volviéndose en el acto para continuar haciendo la maleta.

¿Qué es lo que no merece la pena? No comprendí muy bien a qué se refería. Ya antes me había dado cuenta de que había en el escritorio una gran caja negra abierta, llena de fotos. Durante la conversación las estuve repasando; eran en su mayoría reproducciones de las pinturas de Péter, pero debajo de ellas iba descubriendo paulatinamente unas fotos hechas por aficionados, e incluso algún que otro recorte de revistas como Vida Teatral o La Sociedad, con imágenes de la boda de Péter, en la que llevaba el traje de gala nacional. En una de las fotos de aficionados, ya amarillas, un niño de ocho años acariciaba un cachorro. Se me encogió el corazón, porque conocía bien aquel perrito. Se llamaba Káró. Su amo llevaba una camisa a rayas y un sombrero de paja. Dejé la foto; Lili estaba regañando a una chiquilla, que era una especie de criada suya.

—Ya ves, has pasado todo el día haciendo el gandul—. Dio unas palmaditas en el rostro de la chica, luego la despidió para que fuera a hacer su trabajo. Era una criatura guapa, de unos diecinueve o veinte años, con coleta y ojos llorosos. Al volver la cabeza tras ella pensé que Lili podría tener una hija más o menos de la edad de esa chica si su amor con Péter no hubiera sido tal como fue.

La mujer encendió un cigarrillo, yo le di fuego.

—Lili, querida —comencé.

—¿Sí?

—Me gustaría que me dejara un par de viejas fotos de Péter. Voy a cuidarlas, y se las devolveré. Quiero pintarlo, ¿sabe?

—No vale la pena.

Su voz me dejó un tanto desconcertado.

—Mire —le expliqué entrecortadamente—, en ese cuadro que ahora me quieren comprar se refleja, de forma bastante implacable, su vieja… su vieja vida airada… su frivolidad… y tal; sin embargo, en los últimos diez años se había convertido en una persona completamente diferente ¿verdad?, lo transformó milagrosamente este… este mundo tan cambiado, y tal vez… tal vez también usted…

Me quedé callado. Lili no dijo nada, esperaba que continuara hablando.

*

Me estoy dando cuenta de que no paro de enhebrar palabras y me enmaraño en mi relato, aunque todavía ni siquiera lo he comenzado. Alboroto la cronología, mezclo en él a terceros, y filosofo sobre cosas que no pertenecen aquí, en vez de llegar a donde me lo propuse. No obstante, quiero contar la historia de este cuadro tal como sucedió. Me quejé ante Miklós Szebek, y él se rió.

—No importa —dijo.—Enmaráñalo de lo lindo, es lo que hacen los novelistas modernos. Je, je, je.

—No te rías —dije—, prefiero que me des consejo. No sé ni cómo ponerme a ello.

—Pues empiézalo.

—¿Pero por dónde?

—Al principio —volvió a reírse. Luego, al ver que lo miraba suemamente desconcertado, pareció compadecerse de mí. —En un punto determinado, con alguno de tus personajes. Con Lili, por ejemplo. ¿Cuándo la conociste?

—Hará de eso ya unos veinte años… Más o menos…

—Nada de más o menos. ¿Cuándo fue exactamente? ¿Fecha, hora? ¿Dónde?, ¿entre qué circunstancias? Escribe la fecha y pon “Primer capítulo”. Lo único que debe importarte es que trate de Lili.

Así pues atenderé al consejo de mi amigo, que según muchos escribe buenas novelas, aunque lo mío de ninguna manera es una novela ni una ficción y tampoco una obra de arte: es la cruda realidad. Una especie de colección de documentos que acompaña un cuadro. Si nos hubiesen legado una caja llena de fotografías realizadas por aficionados de la Gioconda, o del Hombre del guante de Tiziano, o si guardásemos su voz en cintas magnetofónicas o incluso en algunos rollos de películas sonoras en color, sin duda suscitaría cierto interés, además de los lienzos de los maestros, el poder proyectar algún que otro fotograma sonoro en Technicolor 3 D, que se hubiera conservado, fragmentaria y accidentalmente, de la vida real de esos modelos.

1936

Cortesía de Péter Lengyel

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez

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