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Rincones literarios
Reproducción retrospectiva: Budapest noir de Vilmos Kondor

Tibor Bárány
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Budapest, octubre de 1936. El primer ministro Gyula Gömbös ha muerto. En un portal del barrio de Terézváros se descubre el cadáver de una joven judía. El periodista de la revista Noche, recién llegado al lugar del crimen, empieza a hacer preguntas, pero todo el mundo guarda silencio. Los hilos de la investigación conducen hacia arriba, hacia los círculos más altos de la sociedad, y hacia abajo, hacia el terrible mundo de la miseria y la desesperación.

“A ver, ¿qué observó usted?” –pregunta con bastante sorna a Zsigmond Gordon, el protagonista de la novela, su novia Krisztina Eckhardt en una de las primeras escenas de Budapest noir, y añade–: “Como detective no valdría un bledo”. (Por supuesto, los sucesos no confirmarán el comentario de la joven ilustradora. Gordon resuelve el misterio y de periodista de sucesos pasa a convertirse en un consumado detective). Sin embargo, el lector debe plantearse la misma pregunta, aunque de modo más sutil –y quizás sin el trato de usted–, puesto que el narrador de Budapest noir juega a enseñarnos sus cartas en todo momento; y si avanzamos por el texto con atención, no solo llegaremos a saber por qué tuvo que morir una joven judía en el otoño de 1936 en Budapest, sino que quedará claro qué clase de modelos literarios forman y limitan los campos narrativos del libro. Una vez más el secreto de la novela es mucho más interesante que la resolución de la historia policíaca.

Zsigmond Gordon se encuentra en el sitio ideal en el mejor momento, y va rastreando a los asesinos de la joven como un verdadero héroe de ficción hard-boiled. En las primeras páginas encontramos una figura característica de un género que hasta ahora faltaba n la historia de la novela policíaca húngara, que, hay que reconocerlo, siempre ha sido bastante pobre. Zsigmond Gordon es un detective americano en toda regla de “las novelas policíacas duras”: es fumador, bebe whisky en cantidades generosas (cuando se le presenta la ocasión en las, dicho sea de paso, bastante limitadas condiciones húngaras del momento) y no duda en repartir puñetazos si la situación lo requiere (y naturalmente la situación lo requiere a veces).

Se ve implicado en un caso de asesinato, empieza a hacer indagaciones por su cuenta y al poco tiempo se entera de que se está jugando el tipo, y tal vez sea superfluo añadir que los hilos llegan a los círculos más altos. Los miembros de estos círculos –en este caso un hombre de negocios converso y forrado, y las cabezas del servicio secreto del régimen de Horthy– no dudan en aplicar cualquier medio, sin escrúpulo alguno, si así lo exigen sus intereses políticos o económicos.

Zsigmond Gordon es el pariente cercano de Philip Marlow y de Sam Spade, pero el narrador de Budapest noir no se contenta con la similitud superficial, sino que nos cuenta que Gordon pasó algunos años en Estados Unidos, justo cuando la novela policíaca hard-boiled nació en ultramar. Lo que estamos leyendo es un juego literario inquietante y cuidadosamente elaborado. Budapest noir nos enseña qué habría ocurrido si en el primer tercio del siglo pasado la literatura de entretenimiento húngara hubiera podido seguir el ritmo de las novedades internacionales. La investigación dirigida por Gordon no solo se complica porque los autores del asesinato intentan impedir con todos los medios imaginables el descubrimiento de la verdad, sino porque los otros personajes de la obra no entienden del todo el comportamiento del periodista. Pero ¿cómo lo iban a entender si incluso la secretaria de Gordon, una aficionada a las novelas policíacas, saca sus conocimientos de unas ingenuas revistas populares llamadas Historias Misteriosas de la distinguida editorial Atheneum?

A veces da la impresión de que Vilmos Kondor acomete con demasiado ímpetu el encargo de crear la primera novela hard-boiled en la lengua y el entorno húngaros; y por culpa de la repetición monótona de los harto conocidos clichés, el texto se convierte a veces en una parodia del género. Aunque Kondor hace todo lo posible para crear una ilusión perfecta, Budapest noir no logra esa profundidad filosófica tan característica de los clásicos del género. El cinismo de Gordon no tiene nada que ver con el de Philip Marlowe. Él no es una figura cuya existencia está sometida al funcionamiento caótico del mundo, que a su peculiar manera intenta vengar la muerte inútil de las víctimas. No, Gordon está interesado en el destino de la gente, y la muerte violenta es solo una de las posibles paradas finales. La imagen del mundo de Budapest noir es desesperadamente oscura en cumplimiento de las exigencias del género, las páginas de la novela nos enseñan numerosas formas de miseria insoportable y de desprotección social y emocional. Sin embargo, esta desesperación queda a menudo suavizada por una jovialidad propia de las anécdotas (tal vez llegamos a conocer con demasiado detalle las manías del abuelo de Gordon –por cierto, muy simpático– en asuntos como hacer mermelada).

Afortunadamente, en el libro los fallos quedan compensados por sus virtudes: una trama de ritmo perfecto, una representación sutil y divertida de la vida cotidiana del Budapest de la época, la arrebatadora descripción de los grotescos y escalofriantes funerales del primer ministro Gyula Gömbös o la estupendamente irónica escena final. El mundo de la novela hard-boiled a la húngara está mucho más politizado que el de su pariente americano. Kondor se toma en serio la misión y evita con mucha cautela reflejar en el texto posteriores conocimientos históricos. No solo da la impresión de llenar con su libro un vacío sin duda existente en la historia de la literatura húngara, sino que pretende crear de modo retrospectivo el género policíaco hard-boiled húngaro.

(Reseña publicada en mayo de 2008 en la revista Magyar Narancs)

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