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Rincones literarios
Apuntes líricos sobre un año

Margit Kaffka
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Apuntes líricos sobre un año (1915) es la primera obra de Kaffka en la que aborda el tema de la guerra desde una posición subjetivista y cargada de emociones. Refleja asimismo su radical pacifismo, sin compromisos, y el contraste entre individuo y colectividad.

Temprano por la mañana. Fiume. Un suboficial con bayoneta está plantado sobre la pasarela, nos pide los documentos. Junto a la oficina de la aduana otro soldado con bayoneta, ante el banco, en el muelle, en la estación de ferrocarril bayoneta y más bayoneta, uniforme, prohibición. “¿Y tienen derecho a hundirme todos éstos en el cuerpo, sin dar explicaciones?”, esa era la sensación que me invadía cada vez que veía uno. “A partir de ahora viviremos en un mundo así…”

El tren salía de noche, el dinero que llevábamos apenas alcanzaba para comer, no podíamos ni pensar en ir a un hotel a descansar. Deambulábamos -nosotros dos pobres desterrados- desfallecidos por la mecida nocturna del barco con el rostro bañado en lágrimas y cubierto de hollín, con la ropa arrugada, el paso incierto y el alma fatigada sin sospechar el futuro más cercano. A partir de ahora todo estaba en manos del ciego azar.

[…]

En las inmediaciones de la estación de ferrocarril se había formado un terrible tumulto. Gente pobre y obreros harapientos. Una escuálida mujer sumisa y entre lágrimas llevaba tras su marido el pequeño fardel, les seguían el paso unos niños atontados. Casi treinta o cuarenta hombres agrupados, abrazados, tambaleándose casi al unísono -como cabezas de carrizo vacías hacia el viento- gritaban y vitoreaban en croata, ante ellos flotaba una pesada nube de alcohol. “¡La guerra!” Criadas de cadera ancha, con blusas amarillas y de otros colores se contoneaban a ambos lados y chillaban: “¡Vi-va!” Me quedé mirándolas durante un minuto -para luego apoyarme contra un poste telegráfico y romper a llorar… ¡Era la muchedumbre!

Difícilmente olvidaría ese viaje. Apiñada en un vagón de tercera junto a mujeres de oficiales de Fiume que corrían tras su marido no se sabe a dónde, para decirles una última palabra de despedida. Eran muchas, bien acicaladas y aún muy metidas en el ayer. Seguían con los chismes de las mujeres de la guarnición: vituperaban con palabras enérgicas y punzantes a la esposa de un coronel. Pero recuerdo a una joven rubia que llevaba una corona de trenzas, sentada tiesa en un rincón y bajo cuyas largas pestañas no dejaban de correr las lágrimas. Subía cada vez más gente, niños y ancianas, había que cederles el asiento por consideración. Desplazadas a los pasillos o incluso más lejos, improvisaban a partir de mantas y maletas, yacijas para los niños pequeños. Después de medianoche miré por la ventana: una hermosa aldea con edificios de un estilo desconocido, mujeres sollozando, soldados despidiéndose. “Laibach.*” ¡Vaya aventurita a la que nos había llevado el rápido de Fiume!… Llegamos a Pest al día siguiente por la tarde.

Junto al tren o algo más lejos, se me acercó corriendo un hombre con el que nos habíamos llevado muy bien pues tolerábamos al máximo los caprichos del otro. En un salón caldeado sorbiendo el té nocturno se puede hablar de muchas cosas sin responsabilidad. Corrió hacia mí, me agarró la mano y gritó: “¡Bienvenida en este día maravilloso! ¡Regocijémonos! ¡Somos contemporáneos!” Se me subió la sangre a la garganta y a la cabeza, tuve que girarla para no gritarle: “¡payaso!” Nunca más en la vida lo podré ver con buenos ojos.

Vinieron otros y dijeron meneando la cabeza: “¡La que se armó anteayer! -en este Pest cínico e indolente- ¡si lo hubieran visto!” Nosotros no lo habíamos visto, no sabíamos nada, no habíamos comprado el peridódico.

…Estaba vagando sola por calles confusas, entre escaparates cambiados. ¡Cuántos artículos de guerra y aparejos militares a la vez! ¿Se habrían ido también los hijos de los dueños de esas tiendas? ¿Para quién ahorrarían el dinero, para quién especularían, si sus hijos caían? Termos, mecheros, abrelatas, sacos de dormir, vasos, alcohol de quemar, máquinas, mantas, esparadrapos, algodón, ropa interior de seda, revólveres. ¡Qué cosa más fresca y rebosante de vida suele ser lo de hacer la maleta, salir de viaje! ¡Y ahora qué descorazonador y cruel resulta todo esto!

¡Me voy a mi librería a refugiarme!- Junto a la taquilla, en la tienda vacía, está sentado un matrimonio de flaquitos y me dirigen su cara resplandeciente de felicidad: “¡Ahora daremos un repaso a los perros serbios!” Les pregunto si venden algo. “La verdad es que buscan sólo los mapas militares, veinte céntimos el ejemplar, un día se llevan incluso trescientos.” Son seis coronas al día. “Sí, no más- sonríen-, pero no pasa nada, aunque acabemos en la ruina, le daremos un repaso al perro serbio.” Un gran gato de Angora está sentado en el regazo de la resuelta mujer- la conozco bien, es una persona un poco extravagante pero interesante. “¿Y Pelusa no va a la guerra, para morderle el cuello al serbio?”, pregunto. “Dios me libre, acabaría herido”- se ríe y se lo aprieta asustada contra el pecho.- No es de admirar, no tienen hijos, así que tienen apego al bello gato.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez

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